Era un sábado por la tarde soleado de finales de primavera en Madrid, el tipo de día en que el sol se filtra a través de las cristaleras del centro comercial de Gran Vía, bañando todo en una luz dorada y perezosa. Ana y Pablo, ambos de veinte años recién cumplidos, acababan de terminar de comer en un rincón cutre pero reconfortante del tercer piso: un Burger King improvisado donde las mesas pegajosas y el olor a fritanga se mezclaban con el bullicio de familias y parejas apresuradas. Habían devorado unas hamburguesas dobles con extra de queso derretido, patatas crujientes empapadas en kétchup y un par de refrescos que les dejaban la boca efervescente. Mientras masticaban, charlaban de tonterías universitarias que les unían como pegamento: Ana, en su segundo año de Bellas Artes en la Complutense, soñando con exposiciones imposibles y lienzos que capturaran el caos de su mente; Pablo, en Ingeniería Informática en la Politécnica, perdido en códigos y bugs que lo mantenían despierto hasta las tres de la mañana. Llevaban saliendo 1 año, una relación que había empezado con un beso torpe en una fiesta de la resi y que ahora florecía en noches de Netflix interrumpidas por sexo improvisado y mañanas de resacas compartidas.
Ana era esa chica que pasaba desapercibida en una multitud, pero que te atrapaba si la mirabas de cerca. Medía un metro sesenta y dos, con una melena castaña ondulada que le caía hasta los hombros como una cascada desordenada, ojos azules que brillaban con picardía cuando se reía, y un cuerpo delgado que ella misma describía como "de tabla de planchar".
Sus curvas eran suaves, discretas: caderas estrechas que apenas llenaban sus vaqueros ajustados, un culo redondo pero no espectacular –lo suficiente para que Pablo lo agarrara en la cama, pero no para voltear cabezas en la calle–, y un pecho que rozaba la copa A en el mejor de los días. Siempre había odiado eso, su "planchita", como la llamaba en broma con sus amigas para disimular el pinchazo de inseguridad.
En el instituto, las chicas con tetas grandes eran las reinas indiscutibles: las que desabotonaban un botón extra en la blusa para captar miradas, las que Pablo y sus amigos devoraban en las revistas escondidas bajo el colchón. Ana, con su 75A, se sentía como una silueta en blanco y negro en un mundo de colores vibrantes. Se compraba sujetadores acolchados, tops escotados que prometían milagros, pero nada cambiaba el espejo que le devolvía una versión de sí misma que le parecía incompleta.
Pablo, en cambio, era el prototipo de chico guapo que sobrevive a la universidad sin esfuerzo. Alto, un metro ochenta y cinco de puro desgarbo encantador, con pelo castaño revuelto que le caía sobre la frente y una sonrisa ladeada que derretía a cualquiera –incluida ella, por supuesto–. Sus ojos azules tenían esa chispa juguetona, y su cuerpo atlético, forjado en partidos de fútbol improvisados con los colegas, lo hacía irresistible en shorts. Pero Pablo era leal, de esos que te manda memes a las tres de la mañana y te prepara café cuando estás de bajón menstrual. Su polla, en los momentos de intimidad, era… normal, 14 centímetros en erección completa, recta y confiable, con una cabeza rosada que Ana lamía con cariño en sus mamadas perezosas de domingo. El sexo con él era tierno, predecible: misionero con besos en el cuello, ella encima cabalgando despacio mientras él le masajeaba las caderas, y finales en condón que dejaban un regusto a "bien, pero podría ser más". No había fuegos artificiales, solo una brasa constante que les calentaba las noches.
Mientras bajaban por la escalera mecánica, con las barrigas llenas y las manos entrelazadas, Pablo señaló con el dedo índice hacia un local nuevo que destellaba como un faro pecaminoso en medio del caos comercial. "¡Mira eso, Ana! ¿Han abierto un sex shop aquí dentro? Joder, qué huevos tienen los dueños".
El cartel rezaba "Placeres Infinitos – Todo para tu Deseo" en letras rojas curvadas como el arco de un orgasmo suspendido, con neones parpadeantes que dibujaban siluetas estilizadas de cuerpos entrelazados. El centro comercial, normalmente un hervidero de madres empujando carritos con bebés llorones, adolescentes pegados a TikToks y parejas discutiendo por el color de las cortinas, parecía hacer la vista gorda ante esa adición tan descaradamente erótica. Era como si el edificio entero conspirara para ignorarlo, pero para Ana y Pablo, era un imán irresistible. "Venga, entramos a echar un vistazo rápido", propuso él con una risa pícara, tirando de su mano con esa energía infantil que siempre la desarmaba.
Ella dudó un segundo, sintiendo un cosquilleo traicionero en el estómago –no era mojigata, había visto porno en solitario y hasta probado un vibrador barato comprado online–, pero algo en el aire cargado de promesas prohibidas la ponía nerviosa, como si cruzar esa puerta fuera firmar un pacto con el diablo. "Vale, pero si nos ven mis padres por casualidad, les digo que era una tienda de lencería fina para novias", bromeó ella, siguiéndole el juego mientras su pulso se aceleraba un poquito.
Al cruzar la puerta de cristal oscuro, un timbre suave y sensual los saludó, como un susurro en la nuca, y el mundo exterior se desvaneció de golpe. El sex shop era enorme, mucho más grande de lo que su fachada discreta prometía: dos plantas repletas de estanterías metálicas relucientes, cargadas hasta los topes de tesoros prohibidos que brillaban bajo luces tenues en tonos púrpura y rosa. El aroma era una sinfonía embriagadora: silicona virgen recién desempaquetada, lubricante con esencia de vainilla que se colaba en las fosas nasales, y un leve toque de incienso supuestamente afrodisíaco que pretendía evocar cuevas de placer ancestral. Las sombras juguetones que proyectaban las luces invitaban a tocar, a explorar, a romper tabúes con la yema de los dedos. En la entrada principal, un expositor masivo de vibradores los recibió como un ejército en formación: del modelo slim y discreto, perfecto para bolsos de oficina, al monstruoso con venas protuberantes y una cabezota que prometía éxtasis interdimensional. Colores imposibles –magenta chillón, negro mate, rosa pastel– y formas que desafiaban la anatomía humana: unos con orejas de conejo que vibraban independientemente, otros con succionadores que simulaban lenguas incansables. Ana soltó una carcajada nerviosa al ver uno en particular, un dildo con apéndices extraños que parecían tentáculos. "¡Dios mío, esto parece un zoo de juguetes alienígenas! ¿Para qué demonios sirve ese brazo curvado ahí? ¿Para llegar a Marte?".
Pablo se rio a carcajadas, ese sonido grave y contagioso que le hacía cosquillas en el vientre, y cogió el vibrador en cuestión, fingiendo usarlo como un micrófono de karaoke. "¡Atención, señoras y señores del centro comercial! El rey del placer ha llegado para conquistar vuestros coños y pollas. ¡Aplausos!".
Ana le dio un codazo juguetón, pero no pudo evitar unirse a la risa, el rubor subiéndole por el cuello. Siguieron explorando, mano a mano, como dos niños traviesos en una pasteleria infinita donde los caramelos eran promesas de orgasmos. Pasaron por la sección de lencería, un pasillo entero dedicado a la seducción textil: conjuntos de encaje negro que dejaban los pezones al aire como un secreto a medio revelar, ligueros con medias de rejilla hasta el muslo que susurraban "fóllame contra la pared", y arneses de cuero crujiente con hebillas metálicas que Ana miró con una ceja arqueada, imaginando escenas de dominación suave. "Eso es para ti, ¿no, Pablo? Para atarme a la cama y hacerme rogar", susurró ella al oído de él, mordiéndose el labio inferior con esa coquetería que sabía que lo ponía a mil. Él se sonrojó hasta las orejas, pero le devolvió el gesto con un pellizco disimulado en el culo, a través de los vaqueros. "Tentador, amor, muy tentador. Pero primero veamos si hay algo para novatos como nosotros, que aún follamos como adolescentes torpes".
En las estanterías de condones, el festival de ridiculez continuó: paquetes con sabores imposibles –fresa silvestre, chocolate belga, incluso uno con "textura de burbujas efervescentes" que prometía cosquilleos internos–. Se rieron hasta que les dolía la barriga, imaginando las caras de sus amigos si les contaban la anécdota en el grupo de WhatsApp. "Oye, ¿y si compramos el de sabor a paella? Para ambientar nuestras folladas patrióticas", bromeó Pablo, agitando un paquete con fingida seriedad, y Ana le dio un manotazo fingido en el brazo, pero el roce de sus dedos en su piel la hizo sentir un calorcillo traicionero entre las piernas. Era el ambiente: el roce constante de sus cuerpos en los pasillos estrechos, el zumbido lejano de algún vibrador en prueba, las portadas de revistas porno que asomaban con tetas y pollas en primer plano. Ana no era virgen en fantasías –había pasado noches sola con el portátil, buscando "gangbang interracial" en modo incógnito–, pero esto era real, tangible, y la excitaba de una forma que no esperaba.
Siguieron deambulando, deteniéndose en la sección de libros eróticos: novelas con cubiertas de mujeres atadas, títulos como "La Sumisa Desatada" o "Polvos Prohibidos en la Oficina". Pablo hojeó uno con una sonrisa lobuna. "Mira esto: 'Él la penetró con furia, mientras ella gritaba su nombre'. ¿Suena a nosotros?". Ana rodó los ojos, pero se imaginó la escena, su coño contrayéndose levemente. "Somos más de 'Él la penetró con cariño, mientras ella chequeaba el móvil por si había notificaciones'". Más risas, más roces. Pasaron por los aceites de masaje, oliendo frascos de jazmín y canela que les dejaban las manos resbaladizas. "Esto para esta noche", murmuró Pablo, oliendo sus dedos pegados a la nariz de ella. "Te unto entera y te como despacio". Ana sintió un pulso en el clítoris, pero lo disimuló con una palmada en su pecho.
Pero el buen rollo, esa burbuja de diversión inocente, empezó a torcerse como un nudo en la garganta cuando llegaron a la sección de películas. Era un rincón apartado, semioculto detrás de una cortina de terciopelo negro, con pantallas pequeñas de quince pulgadas reproduciendo loops mudos de porno hardcore: gemidos silenciosos que se adivinaban en los labios entreabiertos, cuerpos sudorosos chocando con un ritmo hipnótico, pollas entrando y saliendo de coños depilados con una precisión quirúrgica. El aire allí era más denso, cargado de un olor a deseo rancio, como si generaciones de curiosos hubieran dejado su huella invisible. Pablo se detuvo en seco frente a un estante etiquetado en letras cursivas: "Busty Beauties – Tetazas Explosivas". Las portadas eran un carnaval de silicona desbocada: actrices rubias con melones imposibles, pechos que desafiaban la gravedad newtoniana, saltando al ritmo de títulos obscenos como "Tetas que Matan: La Venganza del Lactante" o "Milking the Maid: Leche y Más Leche". Una en particular mostraba a una morena tetona con los pezones perforados, leche materna falsa chorreando por su abdomen plano mientras un tipo la follaba por detrás. Pablo se quedó mirando, los ojos vidriosos, una media sonrisa en los labios.
Ana sintió un pinchazo agudo en el pecho, literal, como si alguien le hubiera clavado un alfiler en el corazón. Miró su propia camiseta blanca ajustada, que apenas insinuaba curvas bajo el sujetador acolchado que usaba como armadura diaria –ese push-up barato de Primark que prometía un milagro pero solo lograba un leve bulto–. "Joder, Pablo, ¿en serio? ¿Esto es lo que te pone tanto?". Su voz salió más aguda de lo que pretendía, con un filo de celos afilado como una navaja que no pudo –o no quiso– disimular.
El enfado era un viejo conocido: flashbacks de instituto inundaron su mente. Recordaba esa fiesta de fin de curso, cuando vio a Pablo besando a Laura, la capitana del equipo de voleibol, con sus tetas DD presionadas contra su pecho. "Solo fue un beso", le había dicho él después, con ojos de cachorro arrepentido. O las noches en que lo pillaba mirando el Instagram de influencers curvilíneas, el scroll infinito de culos y pechos que lo hipnotizaba. Ana se cruzó de brazos, apretando los codos contra sus costados planos, sintiendo el calor subirle a las mejillas como lava.
Pablo se giró hacia ella, confundido al principio, luego con un gesto de culpabilidad. "Eh, ¿qué pasa, amor? Solo miro, es como ver un Ferrari en un concesionario de lujo. No significa que quiera cambiar mi… mi Volkswagen por él". Intentó bromear, pasando un brazo por sus hombros, pero Ana ya estaba molesta, el pinchazo convirtiéndose en una quemadura. "Sí, claro, un Ferrari con pezones rosados y silicona que rebota como en un anuncio de Red Bull. Genial, Pablo. Me encanta que mi novio se empalme mirando tetonas mientras yo estoy aquí, con mi plancha de pecho".
Se zafó de su abrazo con un movimiento brusco, el corazón latiéndole fuerte contra las costillas. Pablo suspiró, rascándose la nuca. "Venga, no seas tonta, Ana. Tú eres perfecta para mí. Tus tetitas son… adorables, únicas. Me vuelven loco cuando las chupo". La palabra "adorables" fue el detonante final, un eufemismo condescendiente que sonaba a consuelo barato, como decir "estás mona" en vez de "estás buena". Ana apretó los labios, conteniendo las lágrimas de rabia. "Adorables, claro, como un perrito falderol”. “Me voy al baño, necesito un momento para no darte un guantazo".
Sin esperar respuesta, se alejó por el pasillo iluminado con pasos rápidos, el eco de sus zapatillas contra el suelo de linóleo resonando en sus oídos. El enfado era una excusa conveniente; en realidad, era una tormenta perfecta de inseguridad y un calor traicionero que le subía por el vientre. El sex shop la había excitado más de lo que admitiría en voz alta: el roce constante de la mano de Pablo en la suya, el zumbido imaginario de los vibradores colándose en su mente, las portadas explícitas que le aceleraban el pulso. Pero ver a Pablo babeando por esas tetonas irreales la había herido en lo más hondo, reabriendo heridas viejas. Recordaba las primeras veces que se desnudaron: ella cubriéndose el pecho con los brazos, él apartándolos con gentileza. "No hace falta, eres preciosa".
Pero en sus ojos, a veces, veía el destello de decepción. O peor, de indiferencia. El dolor se transformaba en rabia, en un deseo salvaje de rebelarse, de reclamar algo que fuera solo suyo, prohibido y sucio. Siguió las señales fluorescentes parpadeantes: "Baños y Cabinas – Planta Baja". Bajó las escaleras mecánicas con el estómago revuelto, notando cómo el bullicio del piso superior se atenuaba hasta convertirse en un murmullo distante. Abajo, el aire era más denso, cargado de un olor almizclado que no era solo lubricante –era sudor, semen viejo, deseo crudo.
Al llegar al final de las escaleras, el pasillo se estrechaba en una zona semioculta, con puertas de madera astillada y letreros desvaídos. Vio una puerta entreabierta con un cartel torcido: "Cabinas Privadas – Acceso Restringido". Justo en ese momento, la puerta se abrió del todo, y una chica salió de allí: veintitantos años, morena con el pelo recogido en una coleta deshecha, labios pintados de rojo sangre que ahora estaban hinchados y brillantes.
Capitulo 2
Se limpiaba la comisura de la boca con el dorso de la mano, como si se quitara una mancha de salsa barbacoa después de una comida rápida, pero sus ojos –negros y vidriosos– contaban otra historia. Se encontraron las miradas por un segundo eterno: la desconocida la escrutó de arriba abajo, notando el rubor en las mejillas de Ana, el brillo febril en sus ojos. Y entonces, le dedicó una sonrisa cómplice, lenta y pícara, como si compartieran un secreto ancestral, un pacto de mujeres que han cruzado la línea. Ana sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal, bajando hasta la base de la columna y explotando en su clítoris. "¿Estás bien?", preguntó instintivamente, la voz un hilo ronco, pero la chica solo guiñó un ojo con languidez, se lamió el labio inferior –dejando un rastro rojo– y se alejó contoneando las caderas, sus tacones resonando como un eco de placer. Dejó atrás un rastro de perfume dulce, almizclado, mezclado con algo salado que Ana no pudo identificar pero que le revolvió las entrañas.
Curiosa y un poco mareada por el enfado residual –y por esa sonrisa que parecía decir "únete al club"–, Ana empujó la puerta con el hombro, el corazón martilleándole en los oídos. "Debe ser el baño unisex o algo para los empleados", pensó, racionalizando el pulso acelerado. El interior era estrecho, claustrofóbico, iluminado por una bombilla amarillenta colgante que parpadeaba como si estuviera a punto de rendirse. Vio un lavabo de porcelana agrietada, con un grifo que goteaba rítmicamente, un dispensador de jabón líquido rosa y un montón de toallitas desechables arrugadas en un cestito de metal oxidado. Pero no había inodoro. Ni urinarios, ni taza blanca reluciente, ni siquiera un urinario de pie para hombres. Solo paredes forradas de azulejos sucios, manchados de lo que parecían salpicaduras secas, y un espejo empañado que reflejaba su cara sonrojada, los labios entreabiertos en una expresión de confusión. "¿Qué coño es esto? ¿Un baño sin váter? ¿Me han timado?". Frunció el ceño, girándose sobre los talones para irse, el picor de la vejiga ahora un recordatorio molesto. Fue entonces, en el quicio de la puerta, cuando lo vio: un agujero redondo en la pared del fondo, del tamaño de un puño adulto, a la altura exacta de la cadera de una mujer de su estatura. Estaba tapado por una cortinilla de tela negra raída que se movía ligeramente con la corriente del aire acondicionado, como si respirara.
Ana parpadeó, confundida, dando un paso atrás. "¿Un respiradero? Qué sitio más cutre". Pero antes de que pudiera procesarlo, la cortinilla se apartó con un roce suave, sedoso, y de la oscuridad absoluta del otro lado emergió… algo imposible.
No, alguien, una polla, enorme, gruesa como su antebrazo, venosa como las raíces retorcidas de un roble antiguo. La piel era de un negro profundo, casi obsidiana pulida, contrastando brutalmente con el blanco sucio y descascarillado de la pared. La cabeza, bulbosa y reluciente bajo la luz mortecina, asomaba orgullosa, con una gota de liquid preseminal translúcida brillando en la punta como una perla de rocío en la oscuridad. Medía al menos veinticinco centímetros desde la base oculta hasta la punta goteante, quizás veintiocho y el grosor era tal que Ana juraría que no cabría en su boca sin esfuerzo –ni en su coño, para el caso.
Se quedó helada allí, con la boca entreabierta en un jadeo silencioso, los ojos clavados en esa intrusión obscena. Nunca había visto nada igual en carne y hueso. En las pelis porno que había espiado a escondidas en su habitación, con las luces apagadas y el volumen al mínimo, sí: BBCs monstruosos follándose a blancas menudas hasta hacerlas gritar. Pero esto era real, palpitante, vivo.
El miembro se movió ligeramente, un pulso sutil bajo la piel aterciopelada, como si la midiera a ella también.
Ana tragó saliva con dificultad, la garganta seca como arena, su mente era un torbellino de contradicciones: "Sal de aquí, idiota. Esto es un glory hole, un puto antro de degenerados. Pablo te está esperando arriba". Pero sus pies, traidores, no obedecieron.
En cambio, dio un paso adelante, atraída como una polilla suicida hacia la llama, extendió la mano derecha, temblorosa, las uñas pintadas de rojo mordisqueadas por nervios, y rozó la piel cálida con las yemas de los dedos. Era suave, inesperadamente, como terciopelo caliente, pero firme como acero templado debajo, las venas protuberantes latiendo contra su tacto. El dueño invisible –o invisible ella para él, lo que fuera– gruñó al otro lado de la pared delgada, un sonido gutural, animal, que vibró a través del tabique y se coló en el pecho de Ana como una corriente eléctrica. Ella jadeó en respuesta, un sonido pequeño, ahogado.
Era un glory hole, por supuesto, lo sabía por las historias guarrísimas que había leído en foros oscuros de Reddit, relatos anónimos de mujeres que chupaban pollas extrañas hasta la extenuación, cubiertas de semen desconocido. "Nunca me pasará a mí", se había dicho siempre, riendo nerviosa.
Pero ahora estaba aquí, y el enfado con Pablo bullía como combustible: "Que mire sus tetonas de plástico. Yo voy a probar algo que él nunca me dará, algo que me haga sentir deseada de verdad".
El calor entre sus piernas era innegable ahora, un pulso insistente que humedecía sus bragas de algodón blanco.
Se arrodilló lentamente, el suelo de baldosas frías y pegajosas contra sus rodillas vaqueras, el roce áspero enviando un escalofrío por sus muslos.
El olor la golpeó entonces, pleno, invasivo: almizcle masculino puro, sudor limpio de un cuerpo trabajado, un toque de jabón de coco que sugería una ducha reciente, agarró la base con ambas manos –apenas podía rodearla, los dedos delgados luchando por abarcar el grosor–, sintiendo las venas pulsar bajo sus palmas como un río subterráneo. "Joder, es un monstruo de verdad", murmuró para sí, fascinada, la voz un susurro ronco que se perdió en el zumbido del ventilador. Empezó a pajearla despacio, un movimiento arriba y abajo tentativo, el liquid preseminal lubricando el trayecto como aceite caliente.
La polla respondió al instante, endureciéndose más, la cabeza hinchándose como un hongo carnoso, el color oscureciéndose con la sangre afluente.
Ana se lamió los labios secos, el corazón un tambor en sus oídos, se inclinó hacia adelante, el pelo cayéndole sobre la cara como una cortina, y sacó la lengua, rozando la punta con timidez felina. Salado, ligeramente dulce, con un matiz terroso que le recordó a la tierra mojada después de una tormenta. Animada por el gruñido bajo del otro lado, abrió la boca –más de lo que nunca había hecho– y engulló la cabeza, succionando como si fuera un caramelo gigante prohibido.
El sabor la invadió por completo, un asalto sensorial que le nubló la mente: terroso y viril, adictivo como una droga de calle, con un regusto amargo que le hacía agua la boca.
Chupó con más ganas, la lengua girando alrededor del glande amplio, explorando el frenillo sensible con lametones precisos que arrancaban jadeos filtrados a través de la pared.
Del otro lado, los gemidos ahogados se intensificaban, espoleándola como un látigo invisible. "Sí, cabrón, te gusta, ¿eh? Te gusta esta putita blanca chupándote", pensó, mientras una mano bajaba instintivamente a su entrepierna, frotando el clítoris hinchado a través de los vaqueros ajustados. La fricción era tosca, insuficiente, pero avivaba el fuego.
Pajeaba el tronco con la otra mano, sincronizando el ritmo en una danza obscena: chupar profundo, lamer la base expuesta, pajear furiosamente, la saliva le chorreaba por la barbilla, goteando en hilos plateados sobre su camiseta, empapando la tela hasta pegar el sujetador contra sus tetitas pequeñas. Imaginaba al hombre al otro lado: alto como un jugador de baloncesto, musculoso con abdominales que se contraían de placer, negro como la medianoche, con una sonrisa blanca en una cara que ella nunca vería. ¿Estaría casado, con una mujer esperando en casa? ¿Un desconocido del centro comercial, quizás un repartidor o un oficinista reprimido? La anonimidad la liberaba por completo; no era infidelidad si no veía su cara, si no sabía su nombre. Era solo carne, puro instinto.
Pasaron minutos eternos, quizás diez, y Ana no paraba, perdida en el trance.
Alternaba técnicas como una experta improvisada: succiones profundas que le rozaban el fondo de la garganta –tragando para no ahogarse en su propia saliva, las arcadas convirtiéndose en placer–, lametones largos y lentos desde la base venosa hasta la punta goteante, pausas para escupir un chorro de saliva espesa y pajear con ambas manos, torciendo ligeramente para estimular las venas.
La polla estaba empapada ahora, reluciente como pulida, y sus labios se hinchaban por el roce constante, rojos e irritados, se quitó la camiseta con un movimiento febril, quedando en sujetador negro de encaje –ese que Pablo le había regalado para "realzar"–, y frotó las tetas contra el miembro caliente, sintiendo su calor abrasador contra su piel pálida y sensible. Los pezones se endurecieron al instante, rozando la piel oscura en un contraste hipnótico.
Su coño palpitaba como un corazón, empapado hasta el punto de que sentía los jugos filtrándose por las bragas. Se desabrochó los vaqueros con dedos torpes, metiendo la mano izquierda dentro: dos dedos índice y medio deslizándose en su interior resbaladizo, curvados contra el punto G rugoso, el pulgar presionando el clítoris hinchado en círculos furiosos. Gemía alrededor de la polla, vibraciones que hacían temblar al desconocido, arrancándole gruñidos que eran música para sus oídos.
Veinte minutos…
Sudaba profusamente ahora, el pelo pegado a la frente en mechones húmedos, el sujetador marcado por gotas de sudor que se mezclaban con la saliva. Pero no podía parar; era como una adicción, cada vena que lamía con devoción, cada pulso que sentía contra su lengua, la acercaba al abismo. Estaba al borde del orgasmo, los dedos moviéndose a un ritmo frenético dentro de ella, el coño contrayéndose en espasmos previos, cuando… ¡ring ring ring!
Su teléfono vibró insistentemente en el bolsillo trasero de los vaqueros, un zumbido que la sacó del trance como un balde de agua fría. "Mierda, mierda". Lo sacó con la mano derecha –la izquierda aún enterrada en su entrepierna–, la polla palpitando olvidada un segundo en su mejilla. Era Pablo, por supuesto, con su foto de perfil sonriente.
Contestó con el pulgar tembloroso, la voz ronca y entrecortada. "¿Sí? ¿Qué… qué pasa, amor?".
"¿Dónde coño estás, Ana? Llevas como un cuarto de hora desaparecida. ¿Todo bien? Pensé que te habías perdido en la sección de dildos gigantes o que te había abducido un marciano cachondo". Su tono era juguetón, con ese acento madrileño que la enternecía, pero con un filo de preocupación genuina debajo.
Ana miró la polla frente a ella, aún dura como una barra de hierro, palpitante de impaciencia. Una sonrisa maliciosa, culpable, se curvó en sus labios hinchados. "Sí, todo… todo bien. Solo… explorando un poco más. Hay cosas aquí abajo que no imaginaba ni en sueños".
Volvió a arrodillarse con cuidado, engullendo la cabeza de nuevo mientras hablaba, el sonido obsceno de succiones húmedas filtrándose en el micrófono. Lo disimuló con un carraspeo fingido, tosiendo levemente. "Cof, cof. Es que el aire está cargado, ¿sabes? Polvo y… olores raros". La polla empujaba suavemente contra la pared, follándole la boca con delicadeza, y ella lo permitía, los ojos cerrándose de placer.
Pablo rio al otro lado de la línea, ajeno a todo. "¿Explorando qué exactamente? Cuéntame, que me aburro solo aquí arriba rodeado de condones con sabor a pizza. ¿Has encontrado algo interesante para probar esta noche?". Ana chupaba más profundo ahora, la garganta acomodándose al grosor imposible, la lengua revolviendo el frenillo con saña. Sacó la polla un segundo para respirar, jadeando bajito. "Pues… cabinas privadas. Cosas raras de verdad. Un lavabo sucio y… paredes con agujeros misteriosos". Mentía a medias, la excitación duplicándose por el riesgo puro –el terror delicioso de ser descubierta, de que Pablo oyera el slap-slap de la saliva–.
El desconocido empujaba más fuerte, follándole la cara con ritmo, y ella lo tomaba todo, gimiendo bajito alrededor de la carne. "¿Agujeros? Joder, suena a película de terror slasher. O de porno cutre de los 80. ¿Has encontrado algo interesante ahí dentro? ¿Un fantasma con polla?".
Ana aceleró el ritmo: pajear con la mano libre, chupar como una posesión, los dedos en su coño moviéndose furiosos, chapoteando en sus jugos. Estaba al borde otra vez, el clítoris un botón de pánico hinchado. "Espera… un momento… ah, sí… algo grande, negro… y muy duro. Me tiene… distraída". Se rio, ambigua, la voz quebrada por un gemido disfrazado de suspiro.
"Suena caliente. Como mi polla cuando te veo en bragas. Venga, sube ya, que quiero comprarte un vibrador para compensar mi rato de tetonas tontas. Lo siento, ¿vale?".
Ana colgó a medias –"Ya voy, amor, un beso grande"–, pero no soltó el teléfono del todo, usándolo como ancla. El orgasmo la golpeó entonces, brutal, inesperado: su coño se contrajo alrededor de los dedos en espasmos violentos, jugos calientes empapando la mano hasta la muñeca, un grito ahogado escapando de su garganta mientras mordía la base de la polla para silenciarlo. El desconocido gruñó fuerte, un sonido primal que vibró en la pared, y entonces… explotó como un volcán.
La polla se hinchó en su boca, las venas pulsando salvajes, y chorros calientes de semen la inundaron sin piedad. Ana se apartó justo a tiempo –o demasiado tarde–, y la leche salió a borbotones espesos, blancos como nata montada contrastando con el negro profundo: un chorro potente en la mejilla izquierda, caliente y pegajoso, resbalando hacia la mandíbula; otro directo en los labios hinchados, que ella lamió instintivamente, salado y espeso como crema; uno que le entró en la boca abierta, llenándola hasta que tragó por reflejo, el sabor amargo-bajo colándose en su garganta; y más, salpicando la frente, goteando en hilos lentos hasta las tetas expuestas, empapando el sujetador en manchas blancas obscenas.
Fueron cinco, seis disparos largos, abundantes, hasta que la polla se ablandó ligeramente, aún goteando restos que Ana recogió con la lengua, chupando la punta como un agradecimiento silencioso. Se quedó allí arrodillada, cubierta de semen ajeno, el cuerpo temblando en las réplicas del orgasmo, el coño palpitando vacío ahora. "Joder, Ana, ¿qué coño has hecho? Eres una puta infiel", se recriminó, pero no había arrepentimiento en su voz interna –solo un subidón eufórico, liberador, como si hubiera cruzado un umbral irreversible.
Tardó varios minutos en recuperarse, el aliento entrecortado, las rodillas doloridas, se levantó tambaleante, apoyándose en el lavabo, y se miró en el espejo empañado: cara perlada de leche en patrones abstractos, labios rojos e hinchados como después de una follada brutal, ojos vidriosos de placer culpable y mejillas arreboladas.
Un rastro blanco colgaba de su ceja, y el sujetador estaba arruinado. "Pareces una estrella porno de bajo presupuesto", pensó con una risa histérica ahogada. Se lavó como pudo: agua fría del grifo chapoteando en la cara, jabón rosa quemándole la piel sensible, toallitas desechables restregando hasta dejar la piel enrojecida. Pero un rastro salado persistía en su lengua, un recordatorio pegajoso que le hacía sonreír.
Se recompuso con manos temblorosas: sujetador quitado y metido en el bolsillo, camiseta puesta de nuevo –ahora con manchas húmedas sospechosas–, vaqueros abrochados sobre el coño aún sensible, pelo alisado con los dedos. Salió de la cabina con piernas de gelatina, el glory hole ya vacío, la cortinilla quieta como si nada hubiera pasado.
Arriba, en la entrada principal, Pablo la esperaba apoyado en una estantería de lubricantes, con una bolsa de papel kraft en la mano –había comprado condones con sabor a fresa y un masajeador de clítoris discreto, el muy romántico–. "¡Por fin, fugitiva! Pensé que te había secuestrado un vibrador poseído".
La besó en la mejilla derecha –la limpia–, ajeno al sabor residual de semen en sus labios cuando ella le devolvió el beso en la boca. Ana sonrió, el secreto ardiendo en su pecho como una brasa viva, el corazón latiéndole con una mezcla de culpa y excitación. "Nada, solo… un desvío interesante que me ha dejado KO.
Oye, ¿volvemos otro día?
Esa noche, de vuelta en el piso compartido de Pablo –un cuchitril de estudiantes con posters de bandas indie y olor a pizza recalentada–, follaban con más ganas que nunca, como si el aire entre ellos estuviera cargado de electricidad estática.
Él la desnudó despacio en la cama deshecha, besando cada centímetro de su piel pálida, deteniéndose en sus tetitas "adorables" para chupar los pezones con devoción fingida. "Eres perfecta, Ana, joder", murmuraba contra su piel, mientras ella se arqueaba, cerrando los ojos para evocar no su polla normal, sino esa bestia negra palpitante. Cuando él la penetró, despacio y tierno, el condón de fresa crujiendo, Ana cabalgó con furia contenida, clavándole las uñas en la espalda, gimiendo su nombre –pero en su mente, gritaba por el desconocido. El orgasmo la alcanzó rápido, violento, imaginando semen caliente en su cara, y Pablo la siguió, gruñendo su nombre como una plegaria.
Días después, Ana no podía sacárselo de la cabeza.
El glory hole se colaba en sus sueños: pollas anónimas emergiendo de paredes, semen chorreando por su cuerpo, el riesgo de ser pillada. Pablo notaba algo diferente –"Estás más salvaje últimamente, me encanta"–, pero no preguntaba. Una semana más tarde, inventó una excusa para volver al centro comercial: "Necesito comprar un regalo para mi prima". Él accedió, riendo. "Si pasas por el sex shop, tráeme ideas nuevas", Ana sonrió, el secreto multiplicándose.
Directa a las cabinas…
La misma puerta, el mismo olor, el agujero vacío al principio, pero esperó, arrodillándose con anticipación. Minutos después, otra polla asomó –no tan grande, pero latina, curvada–, y ella la devoró con hambre renovada, pajeando su coño hasta el éxtasis.
Semen en la boca esta vez, para no manchar la ropa, escupio en el baño y se miro en el Espejo, estaba cachonda.
Las visitas se convirtieron en ritual: cada sábado, excusas creativas, Pablo arriba comprando chorradas mientras ella bajaba a mear.
Una vez, dos pollas al mismo tiempo –agujeros adyacentes–, chupando una mientras pajeaba la otra, semen en la cara y el pelo, saliendo oliendo a sexo.
Otra, un trío imaginario: un negro de nuevo, enorme, follándole la garganta mientras ella se metía cuatro dedos, gritando muda.
El complejo de tetas pequeñas se diluía en el placer anónimo; se sentía poderosa, deseada por extraños que no veían su "tetitas". Pablo lo notaba en la cama: folladas más intensas, ella pidiendo "más duro, cabrón", él obedeciendo confundido pero feliz.
El sex shop no era solo un local; era su puerta al abismo, y ninguno quería cerrarla…