Dos maletas y una caja de plástico. A eso se había reducido mi vida en la Ciudad de México. Estaba parada en medio de la sala de Nuria, en el departamento en el que vivia con su padre en la colonia Portales, mirando mis cosas y sintiendo una impotencia que me apretaba el pecho. Mi casero no me había dado opciones ni prórrogas; simplemente decidió que el departamento valía más si se lo rentaba a un gringo en Airbnb que con mi renta de estudiante. Así que ahí estaba, fuera del espacio en el que habia estado los últimos dos años, dependiendo de la bondad de mi amiga y tratando de no pensar en que mi independencia se había terminado esa misma mañana.
—Perdón por el tiradero, Fer —dijo Nuria, abriendo la puerta de la habitación del fondo con una mueca de pena—. Te juro que mi papá dijo que iba a sacar las cajas, pero con la venta en la romería ha llegado muerto y se le olvidó.
Me asomé al interior. Conocía el departamento de haber venido a hacer trabajos finales o a cenar pizza, pero esa puerta siempre había estado cerrada. Era la bodega del departamento. Había cajas de plástico estibadas hasta el techo y, al fondo, sepultada bajo bolsas negras con ropa de invierno, se adivinaba la silueta de la famosa cama de la abuela.
—No hay pex —respondí, dejando mi mochila en el suelo y recogiéndome el cabello. Necesitaba hacer algo físico, cansarme para no pensar—. Ahorita lo sacamos en fa. Sirve que saco el coraje.
Comenzamos a mover las cosas. El cuarto estaba encerrado y hacía calor. Nuria era excelente diseñando patrones, pero para cargar cajas era un desastre. Llevábamos varios minutos batallando con una caja pesadísima de adornos navideños antiguos cuando escuchamos el ruido de la cerradura y el tintineo de llaves.
—¡Ya llegué! —la voz grave resonó desde el pasillo.
Era Manuel.
Lo había saludado mil veces en visitas anteriores o cuando pasaba por nosotras a la escuela en su camioneta de carga, pero siempre había sido una figura periférica en mi vida. El papá de Nuria. El señor que trabajaba todo el día y saludaba con amabilidad antes de encerrarse a descansar.
Entró a la habitación secándose las manos en los pantalones de mezclilla. Llevaba una camiseta blanca de algodón sin mangas, de esas básicas que se usan para el trabajo rudo, manchada de sudor en la espalda y con polvo del mercado en los hombros. Se notaba a leguas que venía directo de la jornada laboral.
—Hola, Fer, bienvenida —me saludó con la cortesía habitual, aunque el cansancio se le notaba en los ojos. Desprendía un olor intenso a calle, a esfuerzo físico y a una mezcla de cítricos y tierra—. Híjole, flaca... se me pasó vaciarles el cuarto.
—Nosotras podemos, pa —dijo Nuria, jalando una caja que apenas lograba mover unos centímetros.
—Quítate, te vas a lastimar —dijo él, y con una suavidad brusca, la apartó del camino.
Se agachó frente a mí para levantar la caja con la que yo estaba luchando.
—Con permiso, hija.
Ese "hija" siempre me había parecido una muletilla común de señor, pero hoy, viéndolo ahí abajo, a medio metro de mí, la perspectiva cambió. Noté cómo se le marcaban los músculos de los brazos y cómo la tela de sus jeans gastados se tensaba sobre sus muslos al hacer fuerza. Agarró la caja pesada como si no contuviera nada, las venas de sus antebrazos —gruesos y quemados por el sol— se marcaron bajo la piel, y se incorporó de un solo movimiento.
Me quedé parada, abrazando mis codos, observándolo ir y venir. En diez minutos sacó lo que nosotras hubiéramos tardado dos horas. Siempre lo había visto como un señor trabajador, pero en ese momento, la imagen cambió; veía una fuerza bruta resolviendo mi problema con una facilidad pasmosa.
—Listo —dijo, soltando el aire con fuerza. Se pasó el antebrazo por la frente, dejando un rastro húmedo de sudor—. Ahora la cama. Esa era de mi mamá, la madera es maciza de la buena. Pesa un demonio.
Se acercó al mueble cubierto.
—Ayúdenme con el plástico, ¿no? Yo la muevo.
Nuria y yo jalamos el plástico lleno de polvo. Manuel sujetó la base de la cama para centrarla en la habitación. Se inclinó, apoyando sus manos grandes y callosas en la madera, y empujó.
Lo vi ejercer fuerza. Vi cómo la camiseta se le adhería a la espalda ancha, empapada en sudor. Escuché un gruñido bajo, un sonido de esfuerzo puro que salió de su garganta cuando la madera rechinó contra el piso. Grrr. No sé por qué, pero ese sonido, tan primario y masculino, hizo que olvidara por un segundo mi enojo con el casero y sintiera una contracción involuntaria en el estómago.
No era como los chicos de la universidad con ropa de marca y manos suaves que no saben usar un desarmador. Era un hombre.
—Ahí está —dijo, enderezándose y tronándose la espalda—. Ya quedó.
Se giró hacia nosotras. Tenía el rostro brillante y un mechón de pelo grisáceo pegado a la frente. Me miró a los ojos. Fue una mirada rápida, práctica, pero sentí que realmente me veía. Ya no era la visita que se iba después de la cena. Era la mujer que iba a dormir bajo su techo.
—El baño es el del pasillo, Fer, ya sabes —me dijo, recuperando el aliento—. Nada más que le cambié la llave y ahora tiene maña. Hay que abrirle poquito a la caliente para que no te queme. Al rato te enseño bien cómo está el truco.
—Gracias, Señor Manuel —dije, sintiéndome un poco tonta por llamarlo "señor" mientras lo veía sudar de esa manera.
Él esbozó una media sonrisa cansada.
—Ya quítale el señor, Fernanda. Ya vas a vivir aquí, así que dime Manuel.
Se dio la vuelta y salió hacia la cocina anunciando que moría de hambre. Nuria se dejó caer en la cama, resoplando.
—Ay, qué bueno que llegó mi papá. Yo ya me estaba muriendo con esas cajas.
Yo me quedé mirando el marco de la puerta vacía, percibiendo todavía el calor corporal que él había dejado en la pequeña habitación, pensando que, tal vez, vivir en la Portales iba a tener una vista mucho más interesante de lo que yo esperaba.
Fui al baño del pasillo para lavarme la cara y quitarme la tierra de la mudanza. Me eché agua fría en las mejillas y me miré en el reflejo borroso. Me vi desaliñada, con el rímel corrido por el esfuerzo y el cabello hecho un nido de pájaros. Me bajé la blusa, que se me había subido al cargar las cajas, y batallé para reacomodar la pretina de los jeans, que se me clavaba en la cintura.
Siempre había odiado esa parte de mi cuerpo, esa suavidad en el abdomen y en las caderas que se negaba a desaparecer por más que hiciera abdominales o intentara cenar ligero. Al lado de la solidez que acababa de ver en la espalda de Manuel, o incluso comparada con las chicas súper producidas de la universidad, me sentí blanda. Demasiado común. Una chica normal con un cuerpo que ocupaba espacio y que ahora, en este baño ajeno, me hacía sentir expuesta.
Respiré hondo, sumiendo la panza para que la ropa no me apretara tanto, y salí hacia la cocina guiada por el olor a comida caliente.
Manuel estaba de pie frente a la barra, con el torso inclinado sobre la tabla de picar. Ya se había cambiado la playera sucia por una limpia de color gris, pero seguía descalzo, lo que le daba un aire de confianza doméstica que me intimidó un poco. Sus manos grandes sostenían un cuchillo cebollero con una destreza que daba miedo y fascinación a la vez. Estaba pelando los mangos que había traído.
—Siéntate, Fer —dijo sin voltear, concentrado en sacar la pulpa entera de un solo corte—. Nuria fue por las tortillas a la esquina.
Me senté en una de las sillas de madera. En la mesa el despliegue era glorioso: un tazón con frijoles de la olla humeantes, un guisado de papas con chorizo que olía a gloria, salsa roja de molcajete y un trozo grande de queso fresco. Era una cena familiar. Nada que ver con las ensaladas tristes de atún de lata que yo solía cenar sola en mi cuarto de la Roma.
—¿Estuvo pesado el día? —pregunté, tratando de romper el hielo y no sonar como una extraña.
Manuel soltó un bufido que era mitad risa, mitad cansancio. —Un poco. Los martes es cuando hay más gente, se pone necio el regateo. Además tuve que rematar diez cajas de calabaza italiana porque si no se me quedan. —Dejó el cuchillo y me pasó un plato con un mango perfectamente cortado en forma de flor—. Pero la fruta salió buena. Pruébalo.
Me puso el plato enfrente. Sus dedos rozaron el borde de la mesa, muy cerca de mi mano. Tenía las uñas cortas, impecables, pero la piel de sus nudillos estaba curtida, con pequeñas cicatrices blancas de cortes viejos y ese tono oscuro que deja el sol y la tierra de las verduras. Manos que sabían trabajar.
—Gracias —murmuré.
—Cenar, Fernanda. Come, que andas muy flaca —dijo él, sirviéndose una montaña de frijoles con naturalidad.
Casi me atraganto con mi propia saliva. ¿Flaca? Yo sentía que el botón del pantalón iba a salir disparado en cualquier momento y él me decía flaca. Lo miré, buscando la burla en su cara, pero lo decía muy en serio, con esa preocupación instintiva de quien está acostumbrado a proveer. Comía con ganas, con el hambre honesta de quien lleva despierto y cargando cosas desde las cuatro de la mañana.
—No estoy flaca, Manuel —respondí, bajando la vista a mi plato, sintiendo que las mejillas se me ponían rojas—. Al contrario. Soy... normal. O sea, el pantalón ya ni me cierra bien.
Manuel dejó la cuchara un momento y me miró. Masticó despacio, tragó y se limpió la comisura de la boca con una servilleta de papel. Sus ojos oscuros me recorrieron un segundo, no con morbo, sino con una evaluación tranquila y directa.
—Te ves bien, Fernanda. Te ves sana —dijo, con esa voz rasposa que no dejaba lugar a dudas—. Déjate de cosas. Aquí vas a comer bien, porque en esta casa no se desperdicia nada del puesto. Lo que no se vende, se come, y a mí me gusta que coman bien.
Me quedé callada, picando el mango dulce con el tenedor. "Te ves bien". Fue un comentario simple, casi de papá, pero viniendo de él, con esa presencia física abrumadora que llenaba la cocina pequeña, se sintió como una validación que no sabía que necesitaba. No le importaba si no era talla cero; para él, me veía bien.
Nuria entró en ese momento azotando la puerta con el paquete de tortillas calientes en la mano, rompiendo el silencio cómodo que se había formado. Manuel le sonrió a su hija, pero yo noté que, antes de volver a su plato, me echó una última mirada rápida, de esas que aprueban sin decir nada, y por primera vez en el día, mi inseguridad me dio un respiro.
Ayudé a recoger la mesa y lavar los platos, tratando de ganarme mi lugar en la casa, y poco después Manuel anunció que se iba a dormir.
—Mañana toca madrugar para ir a la Central —dijo, estirándose y dejando ver una franja de piel morena en su abdomen al levantarse la playera—. Descansen, niñas.
Nuria y yo nos quedamos un rato platicando en su cuarto, pero el cansancio de la mudanza me venció rápido. Me fui a mi "cuarto de los triques". Aunque Nuria le había pasado un trapo, la habitación seguía oliendo a polvo viejo y a cajas de cartón.
Me puse mi pijama: unos shorts de algodón gris que ya habían dado de sí y se me subían por los muslos al caminar, y una camiseta de tirantes blanca que me quedaba un poco justa del pecho. Me metí en la cama de la abuela. El colchón era firme, pero los resortes viejos chillaron en cuanto me acosté. Creack. Me quedé quieta, mirando las sombras que las luces de la calle proyectaban en el techo, escuchando el ruido de la Portales: un perro ladrando a lo lejos, el motor de un camión sobre Tlalpan, los ruidos nocturnos de la calle.
El sueño me venció cerca de la una, pero no duró mucho.
A las cuatro y media de la mañana, un ruido en el pasillo me despertó de golpe.
Al principio me asusté, desorientada, hasta que mi cerebro conectó los cables. Era él. La rutina del mercado. Escuché pasos pesados, el rechinido de una puerta y luego el agua de la regadera golpeando contra los azulejos. Un sonido constante, fuerte en el silencio absoluto de la madrugada.
La necesidad de ir al baño me ganó. Había cenado mango y tomado agua de jamaica, y mi vejiga estaba a punto de explotar. Dudé un momento. ¿Salgo? ¿Me espero a que acabe? Me quedé sentada en la cama, abrazando mis rodillas, escuchando cómo el agua se cerraba.
Esperé un minuto. Dos. Silencio.
Supuse que ya se había ido a su cuarto a vestirse. Me levanté descalza sobre el piso frío de granito. Abrí la puerta de mi cuarto con cuidado para que no rechinara y di un paso hacia el pasillo oscuro.
Me metí al baño casi corriendo y cerré la puerta. El baño era un sauna pequeño. El espejo estaba completamente empañado y las paredes sudaban gotas de condensación. Olía intensamente a él. A su jabón, a su piel limpia, a esa masculinidad funcional que lo llenaba todo.
Hice lo que tenía que hacer. Me levanté del excusado y me estaba subiendo los calzones —unos de algodón gris, de esos cómodos pero matapasiones que se me ajustaban demasiado— cuando la puerta se abrió de golpe.
No le había puesto el seguro. La chapa era vieja y yo, por los nervios, no la giré bien.
Todo pasó muy rápido.
Manuel no se asomó primero. Entró de lleno, con la inercia de quien tiene prisa y conoce su casa de memoria. Dio dos pasos largos hacia adentro sin mirar hacia donde yo estaba, con la vista fija en el lavabo.
—Chin, el reloj... —masculló para sí mismo, estirando el brazo hacia la repisa del espejo.
Yo me quedé paralizada a mitad del movimiento. Tenía los shorts todavía en los tobillos y los calzones apenas subidos a la altura de la cadera, mis manos aferradas a la pretina elástica.
Fue entonces cuando se detuvo.
Su brazo, al estirarse por el reloj, quedó a centímetros de mi hombro. Al notar el obstáculo, al sentir mi calor o ver mi movimiento periférico, se congeló. Bajó la vista, sorprendido de encontrar un cuerpo donde debería haber espacio vacío.
Quedé expuesta. Y él ya estaba demasiado adentro para no ver.
Su mirada no fue a mi cara. Por la cercanía y el ángulo, sus ojos cayeron directo a mis caderas anchas, pálidas y suaves, que llenaban el espacio visual. La tela de algodón gris se estiraba sobre mi carne, marcando perfectamente el bulto de mi vello púbico, que no me había depilado en semanas, y la curva de mi vientre bajo que tanto me avergonzaba.
Hubo un silencio espeso, roto solo por el goteo de la regadera.
Manuel no se dio la vuelta de inmediato. Se quedó quieto, con la mano suspendida en el aire cerca del reloj. Vi cómo su nuez de Adán subía y bajaba al tragar saliva. Sus ojos oscuros recorrieron la tela tensa de mi ropa interior, el roce de mis muslos gruesos que se tocaban uno con otro.
No fue una mirada de asco. Fue una mirada pesada, física, que pareció oscurecerse en ese segundo eterno.
—Perdón —gruñó, y su voz sonó ronca, vibrando en el espacio reducido.
Agarró su reloj de metal del lavabo con un movimiento brusco, rozando casi mi cadera desnuda con su antebrazo velludo al retirarse.
—Cierra bien —dijo, sin mirarme a los ojos, clavando la vista una última vez en mis piernas antes de girarse.
Salió y cerró la puerta.
Me quedé ahí, con el short abajo, temblando, sintiendo un calor repentino y vergonzoso que me subía desde el vientre hasta el cuello. Me había visto. Me había visto "gorda", blanda, en mis calzones viejos... y por la forma en que se había quedado quieto un segundo antes de salir, supe que la imagen se le había quedado grabada.
Más tarde cuando finalmente me animé a salir del cuarto, la casa estaba en silencio. Manuel ya no estaba, por supuesto; su jornada habia empezado a las cinco y media.
Nuria estaba en la cocina, terminándose un yogurt con prisas. —¡Córrele, Fer! Se nos va a hacer tardísimo para la clas. Mi papá dejó café en la cafetera por si quieres.
Me serví una taza con manos temblorosas. El café estaba fuerte, negro, cargado, tal como le gustaba a él. Mientras me lo bebía y Nuria parloteaba sobre un chisme de la facultad, yo no podía dejar de mirar la puerta del baño. La imagen de Manuel se me repetía en bucle en la cabeza: la toalla blanca baja, el vello negro en el pecho húmedo, y sobre todo, esa mirada oscura que se había clavado en mis calzones y mis caderas.
Me sentía mortificada. Seguro le dio asco, pensaba mientras íbamos en el metro. Me vio toda aguada, pálida, con los pelos de loca. Pero, muy en el fondo, una parte traicionera de mi cerebro recordaba que él no se había volteado de inmediato. Se había quedado quieto. Había tragado saliva.
El día en la universidad se me pasó en una neblina. Me sentía extraña entre las telas finas y las compañeras que hablaban de tendencias europeas.
A la salida, el teléfono de Nuria sonó. —¿Bueno? ¡Javi! —su cara se iluminó—. ¿Neta? Va, sí llego. —Colgó y me miró con ojos de súplica—. Fer, perdóname la vida. Javi consiguió entradas para el cine y luego vamos a ir a cenar con sus amigos. ¿Te importa si te regresas sola?
—Para nada, ve —dije, sintiendo un hueco en el estómago. No por irme sola, sino por lo que significaba: iba a llegar al departamento sin mi escudo.
El camino de regreso a la Portales se me hizo eterno.
Llegué al edificio a las seis de la tarde. El sol ya estaba bajando y el mercado empezaba a recoger sus puestos, dejando ese olor a fruta madura y jabón de piso en el aire. Subí las escaleras despacio, rogando que Manuel todavía no hubiera llegado, o que estuviera tan cansado que se fuera directo a dormir.
Abrí la puerta del departamento. Estaba en penumbra y olía a limpio.
—¿Hola? —llamé bajito.
Nadie contestó. Solté el aire, aliviada. Me fui a mi cuarto, dejé la mochila y me quité los zapatos que me estaban matando. Me puse unas sandalias y fui a la cocina por un vaso de agua.
Estaba sirviéndome del filtro cuando escuché la llave girar en la cerradura.
El corazón se me disparó. Clac, clac. La puerta se abrió y entró Manuel.
Venía mucho más sucio que ayer. Traía una gorra de béisbol vieja echada hacia atrás, la playera gris pegada al cuerpo por el sudor seco y los brazos manchados de algo negro, como grasa de camión o tierra mojada. Se veía agotado, con los hombros un poco caídos, pero su presencia llenó la sala de inmediato.
Me vio en la cocina y se detuvo un segundo mientras cerraba la puerta con el pie.
—Buenas tardes, Fer —dijo. Su voz sonaba rasposa, como si no hubiera hablado en horas.
—Hola, Manuel —respondí, aferrándome al vaso de agua como si fuera mi salvavidas.
Él caminó hacia el sillón y se dejó caer con un suspiro pesado que hizo crujir los resortes. Se quitó la gorra y se pasó la mano por el pelo, despeinándose las canas. —¿Y Nuria? —preguntó, empezando a desabrocharse las botas de trabajo llenas de lodo seco.
—Se... se fue con Javi. Al cine. Dijo que llegaba tarde.
Manuel se detuvo con la agujeta en la mano. Levantó la vista y me miró. Sus ojos oscuros, cansados pero alertas, se encontraron con los míos a través de la sala. El silencio cayó sobre nosotros como una manta pesada. Estábamos solos. No había hija, no había ruidos de la calle, solo nosotros dos y el recuerdo de la mañana flotando en el aire.
—Ah —dijo simplemente. Terminó de quitarse una bota y la dejó a un lado. Luego la otra—. Entonces estamos solos.
La frase fue inofensiva, un hecho, pero la forma en que la dijo hizo que se me erizaran los vellos de la nuca.
—Sí —murmuré.
Manuel se levantó, quedándose en calcetines. Caminó hacia la cocina, hacia donde yo estaba. Instintivamente di un pasito atrás, chocando con la barra. Me sentí torpe, grande, ocupando demasiado espacio.
Él llegó al garrafón y se sirvió agua en el mismo vaso que yo acababa de usar, sin importarle. Bebió con sed, moviendo la nuez de Adán rítmicamente. Yo no podía dejar de mirar sus brazos, la suciedad del trabajo marcando sus venas, la fuerza bruta que emanaba.
Bajó el vaso y se limpió la boca con el dorso de la mano. Me miró desde su altura. Estaba cerca, a menos de un metro. Olía fuerte: a sudor agrio, a cebolla, a hombre cansado. Era un olor que debería haberme repelido, pero que, por alguna razón, me hizo sentir débil de las rodillas.
—Oye... —empezó, y su voz bajó un tono—. Perdón por lo de la mañana. Entré como burro sin mecate.
Sentí que la cara se me prendía fuego. —No... no te preocupes. Fue mi culpa por no poner el seguro.
Manuel me sostuvo la mirada. No se rio. No hizo un chiste. Se quedó serio, evaluándome, recordando. —No te preocupes —repitió lento—. Pero sí ponlo. Porque uno no es de palo, Fernanda. Y menos a esas horas.
Se dio la vuelta antes de que yo pudiera procesar lo que acababa de decir, agarró sus botas del suelo y caminó hacia el pasillo.
—Me voy a bañar —avisó sin voltear—
Se metió al baño y cerró la puerta. Y yo me quedé sola en la cocina, con el corazón latiendo en la garganta, entendiendo perfectamente lo que había querido decir. Le había gustado. Al patrón de la casa le había gustado verme así.
Veinte minutos después, la puerta del baño se abrió.
Manuel salió envuelto en una nube de vapor, pero esta vez vestido. Llevaba unos pants de algodón gris oscuro y una playera blanca de cuello redondo que se le ajustaba al pecho y a los brazos todavía húmedos. Estaba descalzo. Se había peinado el cabello hacia atrás, dejando ver las entradas pronunciadas y ese rostro serio, de facciones duras, que ahora se veía más relajado.
Yo estaba sentada en el sofá, fingiendo ver el celular, pero mis ojos se fueron directo a él. Ya no lo veía como el papá de Nuria. Lo veía como el hombre que me había dejado ver algo de su deseo.
—¿Tienes hambre? —preguntó, frotándose el cabello con una toalla pequeña.
—Un poco —mentí. Moría de hambre, pero los nervios me tenían el estómago cerrado.
—Vente. Me sobraron unos aguacates que están mantequilla pura y traje panela fresca. Vamos a hacernos unos sándwiches.
Me levanté y lo seguí a la cocina. La dinámica había cambiado. El espacio se sentía más chico, más íntimo.
Manuel se puso a trabajar. Sacó una hogaza de pan, jitomates, cebolla morada y dos aguacates enormes de una bolsa de papel. Me hipnotizó verlo. Sus manos grandes y curtidas trataban la comida con una delicadeza sorprendente. Cortaba el jitomate en rodajas finísimas, sin esfuerzo. Untaba el aguacate en el pan con parsimonia.
—Pásame la mayonesa, está en la puerta del refri —me pidió sin voltear.
Se la pasé. Nuestros dedos se rozaron al entregarle el frasco. Su piel estaba caliente, viva.
Preparó dos sándwiches enormes, repletos de verdura y queso. Puso los platos en la mesa y se sentó, indicándome que hiciera lo mismo.
—Siéntate, Fer. Deja ese celular un rato.
Me senté frente a él. Él le dio una mordida grande a su sándwich, masticando con gusto. Yo agarré el mío con las dos manos, sintiéndome cohibida. Le di un bocado pequeño. Estaba delicioso, fresco, sencillo.
—Oye —dijo él, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar—. ¿Por qué siempre andas escondida?
Me detuve con el sándwich a medio camino. —¿Cómo que escondida?
Manuel señaló mi sudadera gigante con la cabeza. —Con esas cosas. Siempre traes ropa que te queda tres tallas grande. Anoche traías esa playera enorme, ahorita esa sudadera que parece cobija...
Sentí que me ponía roja. Dejé el sándwich en el plato. —Es ropa cómoda.
—Es ropa para esconderse —corrigió él, directo, con esa franqueza del mercado—. Como si no quisieras que nadie te viera.
Bajé la vista, jugando con una migaja de pan en la mesa. La vergüenza de siempre asomó la cabeza. —Pues es que... no tengo mucho que presumir, Manuel. No soy flaquita como las chavas de la carrera. Soy... ancha. Me siento más segura si no se me nota tanto la... la lonja.
Manuel soltó una risa suave, ronca, que vibró en la mesa. —¿La lonja? —repitió, negando con la cabeza—. ¿Tú crees que eso es lo que vi en la mañana?
Levanté la vista de golpe. Él ya no estaba comiendo. Me estaba mirando fijamente, con los codos apoyados en la mesa, invadiendo mi espacio visual. Sus ojos oscuros tenían un brillo intenso, evaluador.
—Me dio mucha pena que me vieras así —admití en un susurro—. En calzones. Con todo moviéndose.
Manuel se inclinó un poco hacia adelante. El olor a su jabón y a aguacate llenó mis sentidos. —Pues no debería darte pena. Al contrario.
—Lo dices por amable.
—Lo digo porque soy hombre, Fernanda —me cortó, y su voz bajó un tono, volviéndose más íntima, más peligrosa—. Mira, los niños con los que salen tú y mi hija... esos buscan hueso. Buscan a las que salen en las revistas y que si te das cuenta nunca consiguen. Pero uno... —hizo una pausa, recorriendo mi sudadera con la mirada como si pudiera ver a través de ella— uno ya sabe lo que es bueno.
Tragué saliva. El corazón me latía en la garganta. —¿A qué te refieres?
—A que en la mañana, cuando entré al baño... —se humedeció los labios, como si recordara el momento exacto— no vi nada que sobrara. Vi a una mujer hecha y derecha. Vi unas piernas bien formaditas. Vi una cintura donde uno puede agarrar con ganas.
Me quedé paralizada. Nadie me había hablado así nunca. Era muy directo, pero al mismo tiempo era el halago más honesto que había recibido. No estaba tratando de ser poético; estaba siendo descriptivo.
Manuel notó mi silencio y sonrió de medio lado. No era una sonrisa paternal. Era una sonrisa de lobo viejo.
—¿Te incomoda que te lo diga?
—No... —mi voz fue un hilo—. Solo que... siempre he pensado que estoy gorda. Que soy blanda.
Manuel estiró la mano sobre la mesa. No me tocó la mano, pero tocó la manga de mi sudadera, pellizcando la tela gruesa. —Lo blando es rico, Fernanda. Lo blando es donde uno quiere descansar... y donde uno quiere perderse. —Soltó la tela y me miró directo a los ojos—. Esa suavidad que tú odias... a un hombre como yo le despierta el hambre. Y no hablo de comida.
El aire de la cocina se volvió espeso. Manuel no apartó la mirada. Estaba cruzando una línea, lo sabía, y yo también lo sabía. Pero en lugar de frenarlo, en lugar de indignarme o salir corriendo a mi cuarto, sentí un calor líquido entre las piernas que me traicionó por completo.
—Come —dijo él de repente, rompiendo la tensión, volviendo a agarrar su sándwich como si no acabara de decirme que me deseaba—. Se te va a aguadar el pan. Y necesitas energía, porque esa "suavidad" hay que mantenerla.
Agarré mi sándwich con manos temblorosas y le di una mordida, sintiendo su mirada clavada en mi boca, sabiendo que la "niña insegura" acababa de desaparecer para dar paso a algo mucho más complicado, y que Manuel no tenía ninguna intención de ser un santo al respecto.
Los días siguientes cayeron en una rutina casi hipnótica. Mi reloj biológico se ajustó al de la casa: a las cuatro de la mañana, entre sueños, escuchaba el rechinido de la puerta del baño y el agua de la regadera. Ya no me levantaba, pero me quedaba despierta en la oscuridad, abrazando la almohada, imaginando a Manuel bajo el agua, frotándose ese cuerpo ancho y cicatrizado que ya había visto.
Nuestras interacciones eran breves en la mañana y largas en la noche. Él llegaba del mercado oliendo a sudor y a fruta madura, se bañaba y preparaba la cena. Cenábamos los tres. Manuel nos contaba historias del mercado con esa voz grave que llenaba la cocina: que si el de las cebollas se peleó con el de los aguacates, que si la temporada de mango estaba por terminar y tenía que buscar proveedor de tuna. Yo lo escuchaba fascinada, viendo cómo sus manos grandes gesticulaban, cómo se reía con los ojos arrugados. Me gustaba esa vida que el transmitía.
Y cada vez que Nuria se levantaba por agua o iba al baño, él aprovechaba para mirarme. Eran miradas rápidas, pesadas, que me recordaban nuestra conversación de los sándwiches. Lo blando es rico, me había dicho. Y yo sentía que me quemaba por dentro.
Llegó el viernes.
Nuria entró corriendo al departamento a las cinco de la tarde, aventando la mochila. —¡Fer, me voy con Javi a Cuernavaca!. ¿Segura que no te importa quedarte sola con mi papá? Regreso el domingo en la tarde.
—Para nada, vayan —le dije, sintiendo que el corazón me daba un vuelco.
—Mi papá llega como a las siete. Ahí hay comida en el refri. ¡Te amo, bye!
Cuando la puerta se cerró, el silencio en el departamento cambió de textura. Ya no era soledad; era espera.
Me fui a mi cuarto y me paré frente al espejo de cuerpo entero que habíamos rescatado de los triques. Me quité la sudadera holgada que usaba de escudo. Me miré. Seguía viendo lo mismo de siempre: caderas anchas, brazos que no eran delgados, una cintura que se marcaba pero que tenía suavidad. Pero luego recordé la voz de Manuel. Un hombre como yo tiene hambre.
Tomé una decisión estúpida y valiente.
Busqué en el fondo de mi maleta una playera que casi nunca usaba. Era de algodón rosa, con un cuello en V profundo y la tela un poco más pegada de lo habitual. Me la puse.
Me miré de nuevo. Mis senos, grandes y redondos, llenaban el escote de una forma que siempre me había hecho sentir vulgar o incómoda en la universidad. Eran naturales, suaves, blancos y que yo siempre trataba de disimular con sports bras o ropa aguada. Pero con esta playera, se notaban. Se veía la curva profunda del inicio del pecho, la forma redonda que empujaba la tela. Me sentí expuesta, pero por primera vez, no me quise tapar.
A las siete y media, Manuel llegó.
Entró con una bolsa de papel de la panadería de la esquina y un six de cervezas. Venía cansado, con la gorra puesta y los brazos sucios de cargar cajas, pero al verme sentada en el sofá, se detuvo.
Dejó las cosas en la mesa de centro y se quitó la gorra despacio. No dijo "hola". Solo me miró. Su vista bajó directo a mi escote, a la forma en que mis pechos estiraban la tela rosa de mi playera, y luego subió a mis ojos. Me sonrió ligeramente. Hubo un brillo de reconocimiento, de satisfacción en su mirada. Aunque no dijo nada, supe que él había notado el esfuerzo.
—Se fue Nuria —dijo, con la voz rasposa.
—Sí. Regresa el domingo.
—Mmm. Bueno —se pasó la mano por el pelo sucio—. Me doy un regaderazo rápido para quitarme la tierra y cenamos. Traje unos cuernitos de jamón.
Se metió al baño. Estuve veinte minutos escuchando el agua caer, nerviosa, alisándome la playera una y otra vez. Cuando salió, ya traía puesta una playera limpia de algodón gris y unos pants. Olía a jabón, a desodorante y a esa olor frescura que me ponía la piel chinita.
Fue a la cocina, sacó las cervezas y regresó a la sala.
—Ten —me ofreció una lata fría—. ¿Quieres? ¿O prefieres agua?
—Una está bien —dije, aceptando la lata. Necesitaba el valor líquido.
Él abrió la suya con un encendedor, con un movimiento rápido de muñeca, y le dio un trago largo. —Ay, qué rica está. Estoy muerto.
Se sentó en el sofá. No en el sillón individual como siempre. Se sentó en el sofá grande, junto a mí. Dejó un espacio decente, como medio metro, pero su presencia era tan fuerte, ahora limpia y cálida, que sentí que me tocaba sin hacerlo.
Vimos un rato las noticias en silencio, tomando cerveza y comiendo los cuernitos. Yo sentía su mirada periférica revisándome cada tanto. El calor de su cuerpo y el alcohol me empezaron a soltar los nervios.
—Te queda bien el rosa —dijo de repente, sin dejar de mirar la tele.
Me giré a verlo. Él giró también, recargando el brazo en el respaldo del sofá, acortando la distancia. —Gracias —murmuré. Instintivamente me llevé una mano al pecho, un gesto de inseguridad para cubrirme el escote porque sentí su mirada pesada ahí.
Manuel estiró la mano y, con suavidad, me quitó la mano del pecho. Sus dedos eran ásperos, calientes. Me sostuvo la muñeca, dejándola sobre mi pierna, impidiendo que me tapara.
—No te tapes —dijo, mirándome directo a los ojos—. Ya te dije que no tienes nada que esconder.
—Es que... me da vergüenza —dije, bajando la vista, refiriéndome a mi cuerpo, a mis pechos, a todo yo.
Manuel negó con la cabeza y se deslizó por el sofá hasta quedar pegado a mí. Su muslo, duro y sólido bajo la tela del pants, presionó contra mi pierna suave. —No hay de qué avergonzarse, Fernanda. Estás bien guapa.
Levantó la mano y, con el dorso de sus dedos curtidos, me acarició la mejilla. Yo cerré los ojos, temblando. Nunca nadie me había tocado con esa seguridad. Los pocos chicos que se me habían acercado en la prepa eran torpes, rápidos, y siempre me hacían sentir que mi cuerpo era un problema. Manuel me hacía sentir valiosa.
—Mírame —ordenó suavemente.
Abrí los ojos. Él estaba muy cerca. Olía a cerveza y a limpio. Bajó la vista descaradamente a mis senos, que subían y bajaban rápido por mi respiración. Se quedó mirando un momento en silencio, disfrutando la vista, y esa pausa fue mucho más intensa que cualquier pregunta.
Su mano, que aún estaba en mi mejilla, bajó despacio, arrastrando sus dedos rasposos por la piel sensible de mi cuello. Me estremecí.
—Tienes la piel muy suave —dijo, acercando su rostro al mío, pero sin besarme todavía. Rozó su nariz contra mi mandíbula, aspirando mi aroma—. Y hueles a niña buena.
—... —quise responder algo, pero me quedé callada, sintiendo que me faltaba el aire.
Su mano en mi cuello se cerró un poco, no para lastimar, sino para sostenerme, para tomar el control—. Funciona. Me traes loco desde que te vi en el pasillo, y tú lo sabes.
Se quedó a milímetros de mi boca, mezclando su aliento con el mío. Esperó un segundo, dos, dándome la oportunidad de alejarme. Pero yo no me moví. Al contrario, incliné la cabeza ligeramente, ofreciéndome, rindiéndome a la gravedad de su presencia.
Entonces, y solo entonces, Manuel rompió la distancia.
No fue un beso suave. Fue un beso de posesión. Su boca capturó la mía con firmeza, sus labios eran rasposos y sabían a cerveza. Yo me quedé rígida un segundo, por la sorpresa y la inexperiencia, pero él no se detuvo. Movió su boca sobre la mía, abriéndome, invitándome. Puse mis manos en su pecho, sintiendo el corazón latir fuerte bajo su playera, y me dejé ir.
Me besó lento, profundo, con una lengua experta que exploraba mi boca sin prisa. Solté un gemido ahogado y él aprovechó para acercarme más.
CAPITULO 2
Su mano grande bajó desde mi cuello hasta mi hombro, y luego, con una determinación que me hizo vibrar, bajó hasta mi pecho.
Cuando su mano cubrió mi seno izquierdo sobre la playera rosa, dejé de respirar.
Era enorme. Su mano abarcaba todo, apretando la suavidad de mi carne con una fuerza controlada. Apretó, moldeándome, y yo sentí una descarga eléctrica directo en el vientre. Nunca nadie me había tocado ahí.
—Manuel... —susurré contra su boca, asustada y excitada.
—Que tetas—murmuró él, separándose apenas para mirarme. Vio el miedo en mis ojos—. ¿Estás bien?
—Nunca... —la confesión se me atoró en la garganta, pero tenía que decirla—. Nunca he hecho esto. Con nadie.
Manuel se detuvo. Su mano seguía en mi pecho, caliente y pesada. Me miró con una intensidad nueva, una mezcla de sorpresa y algo mucho más oscuro y protector.
—¿Nunca? —preguntó bajo.
Negué con la cabeza, sintiendo que me iba a poner a llorar de vergüenza. —No. Siempre me ha dado pena. Que me vean, que me toquen...
Manuel no se rio. No se alejó. Al contrario, su expresión se volvió seria, solemne. Apretó mi seno una vez más, con un poco más de fuerza, haciéndome saber que él no tenía miedo de mi cuerpo.
—Pues qué pendejos los muchachos de hoy —dijo con voz ronca—. Pero mejor para mí.
Volvió a besarme, pero esta vez con más hambre. Me recostó contra el brazo del sofá y se vino encima de mí, cubriéndome con su peso, con esa "pared" de músculo y trabajo que me hacía sentir pequeña y protegida. Empezó a fajarme. Sus manos recorrían mi cintura, mis costillas, subían a mis pechos, amasándolos con gusto, disfrutando de esa suavidad que yo tanto odiaba y que él parecía venerar.
Yo, Fernanda, la chica insegura que se escondía en sudaderas, me encontré arqueando la espalda en el sofá de la sala, dejando que las manos rasposas del padre de mi amiga me enseñaran que mi cuerpo no era un error, sino un espacio que estaba dispuesto a conquistar.
Su besos se volvieron más húmedos,Sentí sus dientes rozando mi labio inferior y un gemido se me escapó directo a su boca. Ya no podía pensar. El olor a su piel limpia mezclado con la cerveza me estaba emborrachando más que el alcohol.
Entonces, sus manos dejaron de jugar sobre la tela y buscaron mi piel.
Manuel deslizó sus palmas grandes por debajo de mi playera rosa. El contacto directo de sus callos contra la piel suave de mi cintura fue un choque térmico brutal. Me estremecí entera, sumiendo el estómago por reflejo, por esa maldita costumbre de querer esconderme, pero él no me dejó. Sus dedos se clavaron en mis costados, agarrando esa "suavidad" que yo odiaba, y la apretó con gusto, como si quisiera asegurarse de que yo era real.
—Relájate... —gruñó contra mi cuello, bajando sus besos a mi mandíbula—. Déjame sentirte toda.
Sus manos subieron, raspando deliciosamente mi piel, hasta encontrar mis senos. Sin la barrera de la tela, el tacto fue explosivo. Ahuecó mis pechos con una posesividad que me hizo arquear la espalda, empujándome contra sus palmas. Sentí cómo sus dedos ásperos rozaban mis pezones, que estaban duros como piedras y dolorosamente sensibles.
—Dios... Manuel... —jadeé, echando la cabeza hacia atrás, clavando mis uñas en sus hombros cubiertos por la playera gris.
Él no tuvo piedad. Pellizcó suavemente mis pezones y empezó a masajearlos con un ritmo lento y pesado. Yo sentía una línea de fuego que iba directo de mis tetas a mi entrepierna, que ya estaba palpitando, húmeda y desesperada contra la mezclilla de mis jeans. Era una sensación tan intensa, tan nueva, que me mareaba. Me sentía llena, desbordada por sus manos que parecían estar en todas partes al mismo tiempo.
De repente, Manuel detuvo sus caricias en mi pecho, aunque no sacó las manos de debajo de mi blusa. Se separó un poco, con la respiración agitada y los ojos oscuros, dilatados, clavados en los míos.
—¿Sientes eso? —preguntó con voz ronca, refiriéndose a cómo mi cuerpo reaccionaba, temblando bajo su tacto.
Asentí, incapaz de hablar.
—Pues no eres la única —dijo.
Sacó una de sus manos de mi blusa, me agarró la muñeca derecha y, sin dejar de mirarme a los ojos, guio mi mano hacia abajo.
Hacia su entrepierna.
Mi respiración se cortó en seco cuando mi palma chocó contra el bulto en sus pantalones.
No era como imaginarlo. Era... real. Duro. Caliente.
Manuel presionó mi mano contra él, obligándome a sentir la dimensión de lo que le estaba provocando. A través de la tela gruesa de sus pants, pude sentir la dureza de su erección. Era una barra de acero, gruesa y pesada, que palpitaba bajo mi tacto. Me quedé paralizada por un segundo, asustada por el tamaño, por la realidad de tener a un hombre adulto así de excitado literalmente en mi mano.
—Tócame —ordenó en un susurro sucio, moviendo sus caderas levemente hacia arriba, buscando fricción contra mi palma—. Siente cómo me pones, Fernanda.
Mis dedos temblaron, pero la curiosidad y la excitación pudieron más. Cerré un poco la mano, rodeando el bulto tanto como la tela me permitía. Estaba hirviendo. Lo apreté tímidamente y escuché a Manuel soltar un gruñido profundo, de esos que vibran en el pecho, y echar la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
Ese sonido me dio poder. Yo, la chica insegura, lo tenía así.
Me animé a mover la mano. Arriba y abajo, frotándolo sobre la tela. Sentí la forma de la cabeza de su pene, la vena que latía con fuerza. Era algo animal. Esto era potencia contenida.
Manuel apretó los dientes y su mano volvió a mi pecho, pellizcando mi pezón con más fuerza, al ritmo de mi mano en su bragueta.
—Eso es... —jadeó, buscándome la boca de nuevo, besándome con desesperación mientras nuestras manos se exploraban con una urgencia que ya no podíamos frenar—. Así, mi niña... así.
Manuel se separó apenas unos centímetros de mi boca. Su respiración golpeaba mi cara, caliente y agitada, mezclada con la mía. Tenía los ojos oscuros, desenfocados por el deseo, pero se obligó a detenerse un segundo. Su mano, que seguía dentro de mi playera apretando mi pecho, se quedó quieta.
—Fernanda... —dijo, y su voz sonó tan ronca que me hizo vibrar el estómago—. Si te quito el pantalón, no voy a parar. ¿Estás segura?
Mi cerebro estaba nublado. Sentía un latido sordo y constante entre las piernas que me impedía pensar con claridad. Solo sabía que su mano en mi teta se sentía gloriosa y que mi palma sobre su erección quería más. Mucho más.
—Sí —respondí en un susurro, sin dudar ni un segundo—. Por favor, Manuel.
Él no necesitó escucharlo dos veces.
Se apartó un poco y bajó las manos a la cintura de mis jeans. Sus dedos fueron rápidos, expertos. Desabrochó el botón y bajó el cierre con un sonido metálico que resonó en el silencio de la sala como un disparo.
—Levanta la cadera —ordenó.
Obedecí al instante, apoyando los talones en el sofá y alzando el trasero. Manuel jaló la mezclilla hacia abajo, arrastrándola por mis piernas. Sentí el aire frío de la noche chocar contra mi piel desnuda cuando la tela desapareció, dejándome expuesta de la cintura para abajo.
Y entonces, el pánico me golpeó.
Mis calzones.
No traía lencería sexy. Traía unos calzones de algodón beige, enormes, de esos de "abuelita" que usaba porque eran los únicos que no se me metían ni me lastimaban. Eran funcionales, feos y cubrían todo mi trasero y parte de mi panza.
Trágame tierra, pensé, cerrando los ojos con fuerza, esperando que se riera, que se decepcionara, que se le bajara la erección al ver algo tan antierótico.
Pero no escuché risas.
Sentí sus manos.
Manuel agarró mis caderas con una fuerza bruta, sus pulgares hundiéndose en mi piel suave justo donde terminaba el elástico de mis calzones gigantes. Abrí los ojos de golpe. Él no estaba decepcionado. Estaba hipnotizado.
—Mira nada más... —gruñó, con la voz llena de hambre.
Sus manos bajaron y agarraron mis nalgas cubiertas por el algodón. Las apretó con ganas, amasándolas, hundiendo los dedos en mi carne como si quisiera dejarme marcada. El hecho de que hubiera tanta tela parecía excitarlo más; era como si tuviera más de dónde agarrar.
—Manuel, mis calzones son horribles... —gimoteé, avergonzada pero arqueándome contra sus manos porque se sentía delicioso.
—Son perfectos —me cortó, dándome una nalgada sonora que me hizo gritar de sorpresa y placer—. Me encanta que tapen todo... porque así es más rico descubrir lo que hay abajo.
Me jaló hacia él, arrastrándome por el sofá hasta que quedé al borde, con las piernas abiertas entre las suyas. Él se arrodilló en el suelo, quedando a la altura de mi entrepierna. Sus manos seguían en mi trasero, apretando, separando mis glúteos, y yo sentía cómo mi humedad empapaba la tela de algodón, caliente y pegajosa.
Estaba tan mojada que me daba miedo que lo notara a través de la tela, pero al mismo tiempo, me moría por que lo hiciera. Mi cuerpo era un cable de alta tensión a punto de romperse y él tenía el control total.
Manuel no apartó la vista de mis ojos mientras su mano derecha dejaba mi nalga y se deslizaba hacia el frente, justo a la entrepierna. Ahuecó su mano sobre la tela de mis calzones de abuelita, presionando con firmeza.
Solté un jadeo roto. Él lo sintió de inmediato. El algodón estaba empapado, caliente, pegajoso contra mi piel. No había forma de esconder cuánto lo deseaba.
—Estás bien mojada, Fernanda... —murmuró, frotando su pulgar sobre la tela mojada, haciéndome ver estrellas—. Estás hecha un río.
Sin previo aviso, enganchó sus dedos en el elástico de la cintura y jaló hacia abajo. Mis calzones bajaron hasta mis tobillos y yo pateé para deshacerme de ellos, quedando completamente desnuda de la cintura para abajo.
Instintivamente traté de juntar las piernas. Sabía lo que iba a ver: una mata de vello negro, desordenada y abundante, que no me había depilado en semanas. Me daba pavor que le diera asco. Pero Manuel metió sus rodillas entre mis muslos, obligándome a abrirme.
Su mirada cayó sobre mi sexo. Se quedó viéndome el vello, el contraste de mi piel pálida con lo negro y salvaje de mi entrepierna.
—Hermosa... —susurró, y sonó devoto—. Así me gustan. Al natural. Nada de niñas pelonas.
Se inclinó hacia adelante y me agarró de la cintura para levantarme un poco. De un tirón, me sacó la playera rosa por la cabeza. Quedé desnuda. Totalmente expuesta en el sofá de la sala, con mis pechos grandes cayendo suavemente, mi panza doblándose un poco al estar sentada y mi sexo abierto para él.
Manuel no me dio tiempo de cubrirme. Empezó a besarme.
Bajó por mi cuello, recorrió mis pechos, lamiendo y mordiendo la piel suave, haciéndome retorcer. Siguió bajando por mi estómago, besando justo esa curva de mi abdomen que yo tanto odiaba, venerándola con su lengua rasposa, hasta llegar al borde de mi vello. Me dio un beso sonoro en la parte interna del muslo que me hizo temblar, y luego se separó de golpe.
—Espera —dijo, con la voz estrangulada.
Se puso de pie frente a mí. Yo me quedé ahí, desparramada en el sofá, jadeando, viéndolo desde abajo.
Manuel tenía prisa. Se quitó la playera gris de un jalón y la aventó al suelo. Su torso apareció bajo la luz de la lámpara: ancho, velludo, con esa cicatriz en las costillas y los músculos tensos por la excitación. Luego fueron sus manos al cinturón. Clac, clac. Se desanudo el pantalón y se lo bajó junto con los calcetines, pateándolo lejos.
Se quedó solo en boxers. Eran de tela negra, pegados.
Mi vista se fue directo ahí.
El bulto era impresionante, pero lo que me hizo abrir los ojos de par en par fue que la tela no era suficiente para contenerlo. Por la abertura superior del elástico, la cabeza de su pene se asomaba, gruesa, oscura y brillante de preseminal. Se veía violáceo, enorme, palpitando con fuerza contra su propio abdomen.
Tragué saliva. Una cosa era sentirlo con la mano a través del pantalón y otra muy distinta verlo así, libre, furioso. Se veía... demasiado grande para mí.
—Manuel... —se me escapó el aire.
Él notó mi mirada fija en su entrepierna y soltó una risa nerviosa, de orgullo macho. —Ya no aguanta encerrada —dijo, dando un paso hacia mí, quedando justo entre mis piernas abiertas.
Estaba a la altura de mi cara. El olor a su sexo, almizclado y potente, me llenó la nariz. Sin pensarlo, movida por una curiosidad que me quemaba las yemas de los dedos, levanté la mano.
Mis dedos temblaban cuando me acerqué. Toqué la punta, el glande que sobresalía del boxer. Estaba hirviendo. La piel era suave, como terciopelo, pero abajo se sentía dura como una piedra. Lo acaricié con timidez, apenas rozándolo, y vi cómo el cuerpo entero de Manuel se tensaba, sus músculos abdominales contrayéndose.
—Eso es, hija... —gruñó, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás—. Tócala. Salúdala, que está loca por ti.
Mi caricia tímida fue el detonante. Manuel soltó un gruñido que pareció venir del fondo de su pecho, se bajó los boxers de un tirón, liberándose por completo, y se abalanzó sobre mí.
Su boca atacó la mía con una urgencia salvaje. Me besó como si quisiera devorarme, metiendo su lengua hasta el fondo de mi garganta, mientras sus manos apretaban mis muslos, mis caderas, mi cintura, dejando claro que cada centímetro de mi carne blanda le pertenecía. Yo estaba mareada, borracha de él, de su sabor a cerveza y de su fuerza.
Bajó la cabeza a mi pecho y casi grité.
No fue delicado. Su boca caliente atrapó mi pezón derecho y succionó con fuerza, con un hambre que me hizo arquear la espalda hasta despegarla del sofá. Sentí su barba rasposa lijando la piel sensible de mi seno, y el contraste entre el dolorcito y el placer fue una bomba.
—Estás deliciosa... —masculló contra mi piel, pasándose al otro pecho, mordisqueando la areola mientras amasaba mi carne con sus manos grandes—. Tan suavecita...
Yo jadeaba, enredando mis dedos en su pelo, jalándolo hacia mí, queriendo que no parara nunca. Sentía una corriente eléctrica bajándome directo a la entrepierna, que ya palpitaba dolorosamente, pidiendo algo que yo no sabía ni cómo nombrar.
Pero Manuel sí sabía.
Siguió bajando. Sus besos húmedos trazaron un camino de fuego por mi estómago, pasando por mi ombligo, y se detuvo justo en el borde de mi vello negro.
Me tensé. El instinto de cerrar las piernas me ganó por un segundo. Me va a ver ahí, tan cerca, tan peluda...
Manuel no me dejó. Agarró mis muslos con sus manos de hierro y los abrió más, separándolos hasta el límite.
—Abre, Fer... déjame probarte.
Y se hundió en mí.
Grité. Fue un grito ahogado, ronco. Sentí su cara entera metiéndose entre mis piernas, su nariz rozando mis labios, su barba picando en mis muslos internos. Y luego, su lengua.
Dios mío, su lengua.
Era ancha, rasposa y experta. Me lamió de abajo hacia arriba, separando los pliegues de mi sexo con una determinación que me dejó ciega. No le importó mi vello, no le importó nada. Se dedicó a comerme con un gusto ruidoso, sorbiendo mis fluidos como si fuera la fruta más dulce de su puesto.
—Manuel... ¡Manuel! —gemí, sacudiendo la cabeza de lado a lado en el cojín, sintiendo que el mundo se me iba.
Él encontró mi clítoris y se ensañó. Lo chupó con fuerza, moviendo la lengua rápido, y yo sentí que iba a estallar ahí mismo. Mis caderas se movían solas, buscando más presión, buscando frotarme contra su boca. Era demasiado. Era excitante, húmedo y perfecto.
Cuando sintió que yo estaba al borde, temblando sin control, se detuvo.
Me dejó ahí, jadeando, con el corazón a mil por hora y la entrepierna palpitando. Se levantó sobre sus rodillas y trepó sobre mí.
Su cuerpo cubrió el mío. Sentí su peso, sólido y masivo. Su pecho velludo aplastó mis senos, y sus rodillas se acomodaron a los costados de mis caderas, abriéndome aún más, dejándome totalmente vulnerable.
Estaba atrapada bajo él, y me encantaba.
Manuel apoyó un antebrazo a un lado de mi cabeza para no aplastarme del todo, pero dejó caer su pelvis contra la mía. Entonces, bajó su otra mano entre nuestros cuerpos sudados.
Sentí sus dedos callosos envolviendo el tronco de su pene, sujetándolo con firmeza. Lo movió despacio, frotando la cabeza de su verga, dura y enorme, contra mi entrada mojada, esparciendo mi propio fluido por toda la zona. Estaba hirviendo. Sentir cómo él mismo la dirigía, cómo la acomodaba manualmente justo ahí, fue demasiado; era una presencia inmensa que amenazaba con partirme en dos.
Me miró a los ojos. Tenía la cara roja, brillante de sudor, con una expresión de deseo tan crudo que me dio miedo y excitación a partes iguales.
—Fernanda... —dijo, y su voz era un hilo ronco.
Con su mano, presionó la punta del glande justo contra mi apertura, abriendo un poco los labios, buscando el ángulo perfecto, pero sin empujar todavía. Se detuvo ahí, en el umbral, sosteniéndola con su puño contra mí para que yo sintiera el grosor real de lo que venía.
—Dime si puedo —me pidió, mirándome con esos ojos oscuros que me prometían el cielo y el infierno—. ¿Quieres que te la meta?
—Sí... —susurré, y mi voz salió rota, casi un gemido—. Por favor, Manuel.
Él no dudó.
Apretó los dientes, tensando todos los músculos del cuello, y empujó.
Sentí cómo la cabeza de su pene forzaba mi entrada. Fue una sensación brutal. Un estiramiento que quemaba, una presión inmensa que parecía imposible que cupiera dentro de mí. Mis ojos se llenaron de lágrimas de golpe por el impacto, y clavé las uñas en sus hombros, arqueando la espalda.
—Ahhh... ¡Espera! —gimoteé, sintiendo que me partía.
Pero Manuel no se detuvo. Sabía que si paraba, yo me iba a echar para atrás.
—Aguanta, Fer... aguanta —gruñó, y con un empuje de caderas firme y decidido, rompió la resistencia y se hundió en mí.
Entró todo. Hasta el fondo. De un solo golpe.
Grité su nombre, ahogado contra su hombro sudado. La sensación de plenitud fue abrumadora. Me sentí llena, completamente ocupada, estirada al límite por esa barra de carne hirviendo que ahora palpitaba dentro de mi vientre. No había espacio para nada más. Él me ocupaba entera.
Manuel se quedó quieto, enterrado hasta la raíz.
Su respiración era un jadeo pesado en mi oído. Yo podía sentir cómo su verga latía dentro de mí, enorme, dueña de mi cuerpo. El dolor inicial se transformó en un latido sordo, caliente, una mezcla de ardor y satisfacción que me dejó mareada.
—Dios santo... —masculló él, sin moverse todavía, disfrutando de lo apretada que yo estaba—. Estás bien apretada, Fernanda. Me estás apretando durísimo.
Levantó la cabeza para mirarme. Tenía los ojos inyectados en deseo, la frente perlada de sudor. Me miró con una posesividad que me hizo temblar.
—Mírame —ordenó, moviéndose apenas un milímetro, haciéndome sentir el roce de su grosor contra mis paredes sensibles—. Siente esto. Ya estás llena. Ya te tengo.
—Es... es enorme —confesé, jadeando, tratando de acomodarme a su tamaño, abriendo más las piernas para darle espacio.
Manuel sonrió con esa sonrisa de lobo. —Y es toda tuya.
Entonces, empezó a moverse.
No fue rápido. Fue lento, tortuosamente lento. Se retiró casi hasta afuera, dejándome sentir el vacío frío por un segundo, y luego volvió a embestir, hundiéndose profundo, chocando contra mi cérvix con un golpe sordo que me sacó el aire.
—Ah... Manuel... —gemí, empezando a mover mis caderas instintivamente, buscando su ritmo.
—Eso es... muévete conmigo —me animó, agarrando mis caderas anchas con sus manos grandes, dejando sus huellas marcadas en mi piel blanca—. Me encanta cómo se siente...
El sonido de nuestra piel chocando llenó la sala. Era el sonido más obsceno y delicioso que había escuchado en mi vida. Manuel ya no era cuidadoso; empezó a follarme con fuerza, con la autoridad de quien sabe lo que hace, marcando un ritmo constante que me hacía rebotar en el sofá.
Cada estocada me borraba la mente. Yo ya no era la chica insegura. Yo era esto: calor, sudor, gemidos y el hombre de la casa haciéndome suya. Me agarré de su espalda, arañándolo, sintiendo sus músculos duros bajo mis manos, y por primera vez en mi vida, me sentí poderosa.
Manuel detuvo sus embestidas de golpe, dejándome jadeando, al borde del abismo. Me agarró de la cintura con fuerza y me incorporó, sentándose él en el sofá y jalándome hasta que quedé a horcajadas sobre su regazo.
El cambio de posición hizo que su miembro entrara aún más profundo. Solté un gemido largo, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo me llenaba por completo. Ahora yo estaba arriba. Yo tenía el control.
Manuel no perdió tiempo. Conmigo así, ofrecida en bandeja de plata, hundió la cara en mi escote.
Su boca caliente atrapó mi pezón derecho, succionando con una fuerza que me hizo ver estrellas. Sentí su lengua rasposa y húmeda trabajando contra mi piel sensible, mordisqueando, devorándome con un hambre que me enloquecía. Mientras me comía los pechos, sus manos grandes bajaron a mis nalgas.
Sus dedos se hundieron en mi carne, apretando con posesividad, separando mis glúteos para tener mejor acceso, para sentirme más abierta contra él.
—Muévete, Fer... —gruñó contra mi piel, vibrando en mi pecho—. Montame.
Y lo hice.
Al principio con timidez, y luego guiada por un instinto que desconocía, empecé a mover las caderas. Subía y bajaba, controlando la profundidad, sintiendo el roce delicioso de su erección contra mis paredes internas. Era una fricción exquisita.
Mis muslos apretaban sus costados, mis manos se aferraban a sus hombros anchos y sudados. Yo marcaba el ritmo. Despacio al principio, torturándonos a los dos, y luego más rápido, buscando ese punto de presión que me estaba volviendo loca. Verlo debajo de mí, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa de placer, entregado a lo que yo le hacía, borró cualquier rastro de inseguridad que me quedaba. Ya no me sentía blanda ni torpe; me sentía poderosa, una diosa montada sobre el papa de mi amiga de la casa.
El ritmo lo era todo. Yo subía y bajaba sobre él, guiada por una desesperación que nunca había sentido. Mis muslos temblaban por el esfuerzo, pero no podía detenerme. Sentir a Manuel tan profundo dentro de mí, llenándome hasta el último rincón, era una droga. Cada vez que dejaba caer mi peso, su verga, dura como el acero, rozaba un punto exacto en mi interior que enviaba descargas eléctricas directas a mi cerebro.
Manuel me ayudaba. Sus manos grandes y callosas no dejaban mis caderas; me sujetaban con firmeza, guiando mis movimientos, impidiendo que me lastimara pero asegurándose de que la fricción fuera constante. Y sus ojos... Dios, sus ojos. Me miraba desde abajo con una mezcla de adoración y lujuria sucia, viendo cómo mis pechos rebotaban libres, cómo mi cara se deformaba por el placer.
—Eso es... —gruñía él con la voz rota, apretando los dientes—. Siéntelo todo, Fernanda. Muele esa cadera.
De pronto, la presión en mi vientre cambió. Dejó de ser solo placer para convertirse en una urgencia incontrolable. Era como si una ola gigante se estuviera formando en mi bajo vientre, tensando cada músculo, cada nervio. Mi respiración se volvió errática, jadeos cortos y agudos que ni siquiera reconocía como míos.
—Manuel... Manuel—lloriqueé, asustada por la intensidad, sintiendo que perdía el control de mi propio cuerpo.
Él lo supo de inmediato. Llevó una mano a mi entrepierna, justo donde nuestros cuerpos chocaban, y encontró mi clítoris con su pulgar. Lo frotó en círculos, rápido, rudo, justo en el momento en que yo bajaba con más fuerza.
Fue el detonante.
—¡Ay, Dios! —grité, echando la cabeza hacia atrás.
El mundo estalló en blanco. Fue una sacudida brutal. Sentí cómo las paredes de mi vagina se contraían violentamente alrededor de su pene, apretándolo, ordeñándolo sin que yo pudiera evitarlo. El placer me golpeó en oleadas, una tras otra, tan fuertes que dejé de sentir mis piernas. Y entonces, sucedió. Sentí una liberación líquida, caliente y abundante, que brotó de mí como un torrente, empapando su pelvis, sus muslos, el sofá, todo.
Me vine con una fuerza que me dejó ciega y sorda por unos segundos, colapsando sobre su pecho, temblando como una hoja, totalmente empapada en mi propio jugo y en sudor.
Me quedé ahí, con la cara escondida en su cuello, respirando su olor a sal y hombría, tratando de recuperar el aliento. Sentía vergüenza. Lo había mojado todo.
—Perdón... —susurré contra su piel, sintiendo lo pegajoso del desastre entre nosotros—. Te mojé todo... qué pena.
Manuel soltó una risa grave que vibró en su pecho y resonó en el mío. Me rodeó con sus brazos, aplastándome contra él, sin dejarme mover.
—¿Pena? —preguntó, y me obligó a levantar la cara para mirarlo. Tenía el rostro brillante, satisfecho, y me pasó el dedo por el labio inferior—. Estás loca. Sentir cómo cómo me inundas... es lo más rico que me ha pasado en años.
Me dio un beso rápido, mordiéndome el labio, y luego movió las caderas hacia arriba. Un golpe seco.
Abrí los ojos de par en par.
Él seguía duro. Increíblemente duro dentro de mí. Mi orgasmo no lo había ablandado ni un poco; al contrario, la presión de mis contracciones parecía haberlo puesto más grande, más furioso.
—Pero yo no he terminado, Fernanda —dijo, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa, autoritaria—. Tú ya tuviste lo tuyo. Me apretaste tan rico que casi me sacas el alma... pero ahora me toca a mí.
Me agarró de la cintura y me levantó un poco, solo para volver a clavarse en mí. Solté un gemido, sintiendo esa sensibilidad extrema post-orgasmo.
—¿Aguantas más? —me preguntó, mirándome con esos ojos oscuros que me retaban—. ¿Quieres que te rellene bien?
Mi mente me decía que ya era suficiente, que estaba exhausta, pero mi cuerpo... mi cuerpo traicionero gritaba que sí. Sentirlo ahí adentro, palpitando, dueño de mí, era una necesidad que dolía.
—Sí... —respondí, jadeando—. Sí, Manuel. Por favor.
—Bien.
En un movimiento rápido que demostró toda su fuerza, me sacó de encima de él. La sensación de vacío al salir de mí fue fría y repentina. Me giró sobre el sofá como si fuera una muñeca de trapo.
—Gírate —ordenó, dándome una nalgada seca en el muslo—. Ponte en cuatro. Quiero verte desde atrás. Quiero ver cómo te abres para mí.
Obedecí al instante. Me acomodé en el sofá, apoyando las rodillas en los cojines y las manos en el respaldo. Mis nalgas, esas que siempre me habían parecido demasiado grandes, quedaron elevadas, expuestas a su mirada y a sus manos. Sentí el aire fresco en mi piel mojada y luego, el calor de sus manos.
Manuel se acomodó detrás de mí. Agarró mis caderas con posesividad, hundiendo los dedos en mi carne blanda, separando mis piernas con sus rodillas para tener el camino libre.
—Mira nada más... —murmuró, y escuché el sonido húmedo de su mano tocando mi entrada, preparándome—. Estás preciosa así. Toda una mujer.
Sin previo aviso, empujó.
Esta vez no hubo delicadeza. Entró de golpe, profundo, tocando un lugar en mi vientre que me hizo gritar contra el respaldo del sofá. La posición permitía que llegara muchísimo más hondo que antes. Sentí cómo su pelvis chocaba contra mis nalgas con un sonido obsceno. Plac.
—¡Ahhh! ¡Manuel! —grité, incapaz de contenerme.
—Eso... —gruñó él, empezando a moverse con un ritmo brutal.
Me sujetó de la cintura como si fuera un volante, manejándome a su antojo. Sus embestidas eran largas, retirándose casi hasta el borde para luego hundirse hasta la raíz con una fuerza que me sacudía entera. Mis pechos, moviéndose con cada impacto, y la fricción de mi piel contra la suya llenaba la sala de un ruido animal.
Ya no había pensamientos, ni inseguridades. No me importaba si se me veía la celulitis o si mi panza se doblaba. Solo existía esto:Manuel tomándome en su sala, reclamando mi cuerpo con cada estocada, haciéndome sentir que yo era lo único que necesitaba para respirar.
—Estás tan rica... tan apretada... —jadeaba él en mi oído, inclinándose sobre mi espalda, envolviéndome con su calor—. Me voy a venir, Fernanda... no voy a aguantar.
El ritmo se aceleró. Era frenético. Yo empujaba hacia atrás, recibiéndolo, queriendo que llegara a ese lugar profundo que me hacía ver luces. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus manos se aferraban a mis caderas hasta casi lastimarme.
—¡Ya! —rugió.
En el último segundo, sentí cómo se retiraba. La salida de su miembro fue rápida, dejando una sensación de vacío que duró apenas un instante.
Manuel no se alejó. Se quedó pegado a mi espalda. Y entonces, sentí el calor.
Chorros calientes, espesos y pesados golpearon mi piel. Primero en la parte baja de mi espalda, escurriendo rápido hacia la curva de mis nalgas. Luego, otra oleada, directa en mi glúteo derecho, manchándome, marcándome.
Me quedé quieta, temblando, sintiendo cada espasmo de su cuerpo mientras él se vaciaba sobre mí. Era una sensación extraña, primitiva. Sentir su semen caliente resbalando por mi piel me hizo sentir sucia de la manera más excitante posible. Era la prueba tangible de lo que acabábamos de hacer. De lo que yo le había provocado.
Manuel se dejó caer sobre mi espalda, respirando con dificultad, con el corazón golpeando contra mis costillas traseras. Se quedó ahí unos segundos, pesado, sudado, derrotado por el placer.
—Ufff... —susurró, besando mi hombro sudado—. Mierda, Fernanda.
Lentamente, se fue incorporando. Yo me dejé caer sobre los cojines, exhausta, con las piernas temblando y la piel ardiendo. Me giré despacio para mirarlo.
Manuel estaba sentado en el borde del sofá, con los codos en las rodillas y la cabeza baja, recuperando el aliento. Su pecho subía y bajaba. Estaba brillante de sudor. Levantó la vista y me miró. Sus ojos ya no tenían esa furia del momento, ahora tenían un brillo de satisfacción profunda, y algo más... una complicidad densa.
Extendió la mano y pasó un dedo por mi cadera, recogiendo un poco del fluido que él mismo había derramado sobre mí. Lo miró un segundo y luego me miró a los ojos, con esa media sonrisa que me derretía.
—Creo que los dos necesitábamos esto —dijo con voz ronca.
Yo asentí, incapaz de hablar, sintiéndome la mujer más deseada del mundo, con mis nalgas manchadas de él y sabiendo que la rutina en la casa de la Portales jamás volvería a ser la misma.