Poco antes de ir al servicio militar, como había quedado sin trabajo, y en mi casa todos tenían que trabajar, me mandaban a pastorear las seis cabras que teníamos.

Eva, la menor de mis tías, era una mujer morena, de ojos y cabello negro, bastante entrada en carnes y algo más baja que yo.

Mi tía y su prometido, un hombre viudo, de más de sesenta años y uno de los terratenientes del pueblo, acababan de echar las amonestaciones matrimoniales.

Eva, cada vez que iba a pastorear sus ovejas, llegaba a mi lado a hurtadillas para sorprenderme por la espalda y pegarme un susto. Yo le tenía ganas porque me gustaban las mujeres rellenas, con tetas grandes, aunque como es obvio no le podía entrar como si no fuera mi tía, pero tenía tanto tiempo para pensar que se me ocurrió una idea.

Aquella mañana de verano, estando yo sentado con la espalda apoyada en un roble, vi como se movían unas zarzas, luego vi parte de la cara de mi tía Eva y puse en práctica la idea. Saqué la polla morcillona, cerré los ojos y comencé a hacerme una paja. La polla al acariciarla fue creciendo y poniéndose dura. Imaginé que mi tía se tocaba viendo el proceso y me excité una cosa mala. Tenía los ojos cerrados, de aquella manera, o sea, dejándolos un poquito abiertos para poder ver la zarza, y en ella vi la cara entera de mi tía mirando lo que hacía. Ricé el rizo cuando dije:

-Eva, Eva. ¡Qué buena estás, Eva! Dame tus tetas a mamar. Pon tu coño en mi boca y deja que te lo coma. ¿Quieres correrte en mi boca, Eva?

La machaqué a toda hostia y corriéndome como un perro, dije:

-¡Me corro en tu boca, tía Eva!

Al mismo tiempo que me corría se oyó el ruido de varias bombas, y es que el pueblo estaba en fiestas. Os preguntaréis como es que estábamos en el monte con los animales si estábamos de fiesta, pues estábamos porque los animales tenían que comer.

Luego de correrme, guardé la polla, me volví a sentar con la espalda apoyada en el roble e hice que me echaba a dormir. Ni dos minutos había pasado cuando mi tía llegó a mi lado. Quiso pegarme el susto.

-¡Buuuuuuu!

Hice que me había asustado.

-Siempre me agarras desprevenido.

-Es que tengo instinto de india, llevo trenzas como una india, llevo el vestido por encima de las rodillas como una india, camino sin hacer ruido como una india y…

-Y te gusta asustarme.

-Sí.

Al mirarla vi que estaba colorada como una grana.

-Estás muy colorada. ¿Has venido corriendo?

Sabía mentir bien.

-Es que se me escapó una oveja, y como no tengo perro, tuve que devolverla yo al rebaño.

-Menos mal que corres como una gacela.

Se sentó a mi lado.

-Y eso que estoy gorda.

-Gorda, no estás, estás entrada en carnes.

-Estoy gorda, tengo lorzas para dar y tomar.

-Si acaso estás rellena.

-Estoy gorda, coño, estoy gorda, si me vieras desnuda saldrías corriendo.

Era el momento de ir al ataque.

-Si supieras que sí, que te veo desnuda…

Se echó sobre la hierba, puso las manos en la nuca, separó las piernas, sonrió y me preguntó:

-¿Y eso cómo se come?

-No te lo puedo decir.

-Si puedes, pero no quieres.

-Si no fuera tu sobrino…

-Olvídate de que soy tu tía. ¿Qué me harías?

-¿Estás segura de que quieres saberlo?

-Sí.

Le puse una mano en el interior del muslo de la pierna izquierda por debajo de vestido y fui acariciando hacia arriba. Me dio un golpe en la mano con su mano derecha y con cara seria, me dijo:

-¡Quita! No imaginé que se trataba de eso.

Sabía que estaba mintiendo porque no se incorporó. Seguí acariciando el muslo. Al llegar arriba mi mano se encontró con la humedad de sus bragas y mi polla se volvió a poner dura.

-Estás mojada.

Me quitó la mano.

-Es sudor de haber ido corriendo detrás de la oveja.

La besé en los labios, giró la cara y se quiso incorporar. Me eché encima de ella, la sujeté por las muñecas y le arrimé cebolleta al coño.

-Quita que puede venir alguien por ahí.

Sus palabras me animaron.

-Sultán nos avisaría.

Sultán era mi perro, un perro mestizo de color negro, y que era listo como él solo, pues luego de oírme puso las orejas de punta y estiró el cuello y el rabo, como diciendo que allí estaba él.

-Pero es que soy tu tía.

-Me dijiste que me olvidara de que eras mi tía.

Le di un pico.

-Me voy a casar.

-No te voy a quitar nada, bueno, sí, te voy a quitar una buena corrida.

Le metí la lengua en la boca, aparto la cabeza, escupió, puso cara de asco y luego me dijo:

-¡No seas asqueroso!

-¿Es qué tu viejo no te besa con lengua?

No le sentaron bien mis palabras.

-No es ningún viejo. ¡¿Te quitas de encima o te quito yo?!

-No me voy a quitar, y tú no tienes agallas para quitarme.

-¿Has dicho que no tengo agallas?

-Sí, y te voy a comer el coño por las buenas o por las malas.

Sonrió y creí que ya la tenía.

-¿Y qué más me vas a comer?

-Te voy a comer la boca, las tetas y el culo.

-¿Sabes lo que vas a comer?

Yo ya me había subido a la parra.

-Ilumíname, tía, ilumíname.

Su bella cara se volvió de perra rabiosa.

-¡La hierba, cabrón, vas a comer la hierba!

Me dio una hostia en un ojo, con la que me ilumino, pues vi una luz blanca, y luego me dio un empujón con el que aterricé de cabeza a dos metros de ella.

Después, arrepentida, vino a mi lado, se puso en cuclillas, me acarició el cabello y me preguntó:

-¿Te hice mucho daño?

Herido en mi orgullo, le respondí:

-Esto no va a quedar así.

Riéndose de mí, dijo:

-No, mañana hincha.

Se había estado riendo de mí y quise saber el motivo.

-¿Por qué me provocaste si no querías nada?

-Una se aburre de estar tanto tiempo en el monte.

Lo había dicho como si yo fuera un muñeco con el que podía jugar, pero el muñeco medía un metro setenta, estaba musculoso, tenía una polla cojonuda y no le gustaba que jugaran con él.

-Tú no haces otra.

La empujé, le levanté el vestido, y mientras reculaba apoyándose con las manos en la hierba, le bajé las bragas y se cabreó.

-¡Te voy a moler a hostias!

Como tenía las piernas separadas, me lancé a por su coño y le enterré la lengua dentro. Me pegó con los puños en los hombros, pero sin fuerza, cerró las piernas y aprisiono mi cabeza entre sus muslos.

-¡Te voy a matar, cabrón!

Metí y saqué la lengua de su vagina y lamí su clítoris.

-¿Qué me haces? Para, para, para…

Mi tía, diciendo que parara, fue abriendo las piernas, y cuando se corrió en mi boca, las tenía abiertas de par en par. Se corrió entre tremendas sacudidas, pero sin emitir un solo gemido.

Al acabar de correrse, se sentó, me cogió por los pelos y me zapateó, después se puso en pie y me dijo:

-No te piso la cabeza porque te tendría que pagar por bueno.

Volvió junto a sus ovejas. No la seguí, solo le dije:

-El viejo nunca te besará con lengua, ni te va a comer el coño, ni te va a comer el culo, ni te va a meter una polla tan dura como la mía, eso si se le levanta.

-¡Vete a la mierda, cerdo!

Sabía que se había dejado comer el coño aunque se hiciera la ofendida.

Se me dio por mirar para mi perro y me pareció ver que se estaba riendo. Cogí una piedra y cuando se la iba a tirar ya se había ido.

Lo que hice después de irse mi tía es fácil de imaginar.

Por la noche vi a mi tía bailando en el campo de la fiesta con el viejo. Yo anduve bailando por allí, aunque creo que las chavalas bailaban conmigo para saber quién me había puesto el ojo morado, ya que todas me hicieron la misma pregunta.

Mi tía y el viejo se fueron pasadas la una de la madrugada. Al rato volvió el viejo y se fue directamente a tomar algo a la taberna. Yo me fui a la aventura.

Mi tía Eva vivía sola en una casa de piedra que había heredado de su abuela. Recordando lo que había ocurrido en el monte, y con la música de la orquesta de fondo, me la jugué, pero tampoco me tire al vacío, ya que la huerta de la parte de atrás de nuestra huerta daba con la suya y la habitación donde dormía ella daba a la huerta. Di unos golpes en el cristal de la ventana, mi tía se levantó de la cama, vio una figura en la oscuridad y preguntó:

-¿Quién anda ahí?

-Quique.

-Vete que me vas a buscar la ruina.

-Abre la ventana.

-¡Te van a ver, cabrón!

Abrió la ventana, entré, y después la volvió a cerrar, le puso las contras de madera y luego encendió la luz. Llevaba puesta una enagua transparente y larga y debajo no llevaba nada. Su cara era seria pero no parecía estar muy enfadada.

-¡¿Cómo te has atrevido a venir aquí?!

-Porque quiero terminar lo que empecé esta mañana.

Le eché las manos a las tetas y me dio dos palmadas con las suyas. Me miró para el ojo, vio que se había puesto morado, y me dijo:

-¿Y no has pensado que podrías acabar con el otro ojo a juego con el morado?

-No, pero si hay que llevar otra hostia se lleva.

Le volví a echar las manos a las tetas y me volvió a dar en ellas con las suyas.

-¿Ni tampoco has pensado que me podía poner a chillar?

-No, ni espero que chilles cuando te corras, porque en la noche los ruidos se magnifican.

Le quise dar un pico y me hizo la cobra.

-Estás más loco de lo que pensaba.

-No vas a tener otra oportunidad como esta de pasar una noche de vicio con el loco y el loco tampoco la tendrá de pasarla contigo.

-¿Es que vienes con la idea de follarme toda la noche?

-Toda la noche, no, hasta que acaben de tocar las orquestas. Quiero follarte y que me folles.

Lo segundo no se lo esperaba.

-¡¿Yo a ti?!

-Sí, quiero que me hagas todo lo que le haces en tus pajas a quien te gusta.

Le eché las manos a las tetas y esta vez dejó que se las magreara y que le diera un pico.

-Eres un loco, y además de los peligrosos.

-¿Me desnudo?

Se le dio por ser sarcástica.

-A ver si te va a coger el frío.

Me desnudé. En pelotas y empalmado me arrimé a mi tía, le bajé las asas de la enagua, la enagua cayó al piso y quedó desnuda.

-¡Qué buena estás!

-No sabía que te gustaban las gordas.

-Tienen más donde agarrar.

-Eso es cierto.

Le eché las manos al culo, la apreté contra mí y la besé con lengua. Sentí como le temblaba el cuerpo.

-Relájate y disfruta.

-Esto no está bien, Quique.

Le di un pico.

-Nadie lo va a saber.

CAPITULO 2

-Eso ya lo sé, pero yo no soy así.

-Yo no quiero follar con mi tía, quiero follar con la golfa que lleva dentro.

-Quieres que me tire al monte. ¿Es eso?

-Sí, es eso, esta noche deja atrás los perjuicios y haz cosas que nunca harías y pide cosas que nunca pedirías.

-Si saco la cabra que llevo dentro me pongo morada.

-Eso es lo que quiero.

-Pues vas a tener cabra mientras dure la música.

Se puso en cuclillas, me echó la mano izquierda a los huevos y empuñó la polla con la derecha, luego, meneándola, me la mamó. No sabía mamarla, pero ella chupó la cabeza, la chupó y la chupó… Cuando sentí que me iba a correr, se lo dije:

-Si sigues me corro en tu boca.

Siguió y me corrí en su boca. Se tragó la leche con lujuria, después se puso en pie, se acercó a mí, me miró y me dijo:

-Joder, qué cachonda se ha puesto la cabra.

Tenía la polla empalmada entre sus piernas, justo pasando entre sus labios vaginales. Sus brazos rodearon mi cuello, y luego me dijo:

-Métemela, quiero correrme de pie.

Me encogí y se la clavé. La polla entró extremadamente apretada. Mi tía si se hacía pajas era solo con un dedo, y no le entró toda porque no me daba.

Ahora era mi tía la que me metía la lengua en la boca y me besaba como la había besado yo a ella.

La orquesta comenzó a tocar la canción "Mirando al Mar", de Jorge Sepúlveda. Mi tía empezó a moverse al ritmo de la música, yo la acompañé y me dijo:

-Es mi canción favorita.

Sus besos se hicieron más dulces y yo, bailando, la follé con dulzura, con tanta dulzura que tuve que quitársela.

-¿Por qué la sacaste?

-Porque me iba a correr.

Puso sus manos en mis hombros y empujó hacia abajo. No había que ser un lumbreras para saber lo que quería. Con las manos en su cintura y mi boca en su coño le metí la mitad de la lengua dentro y la otra mitad la apreté contra su clítoris, mi tía, bailando, se frotó contra ella, y antes de que el vocalista de la orquesta acabara de cantar la canción, se corrió en mi boca. Mientras se convulsionaba y gemía, sentí sus jugos en mi lengua, unos jugos que me supieron a ostra.

Al terminar de gozar, me puse en pie, luego me eché boca arriba sobre la cama y le dije:

-Ven y échame un polvo.

-No sé si sabré.

-Tu sube y vete haciendo lo que más te guste, preciosa.

Mi tía además de preciosa, estaba cañón. Sus tetas, que iban cada una a su bola, eran como melones, tenían areolas oscuras y sus pezones eran gruesos y largos. Su coño tenía tantos pelos negros que parecía una peluca, y abajo tenía un clítoris pequeño, y un coño también pequeño, que en aquel momento tenía los labios abiertos y limpios de jugos.

Eva se puso a horcajadas sobre mí, colocó la polla en la entrada de la vagina, bajo su culazo, y la polla, muy apretada, le entró hasta el fondo de coño.

-¡Pufffff!

Se echó las manos a las nalgas y empujándolas hacia delante comenzó a follarme. Le pregunté:

-¿Cómo te sientes?

-Me siento muy puta.

Le eché las manos al culo y tiré hacia mí, ella quitó las suyas, se echó hacia delante, se apoyó con las manos en la almohada, me miró a los ojos y después me besó con lengua.

-¿Qué tal lo estoy haciendo?

-Lo estás haciendo muy bien.

Me restregó las tetas en la cara antes de darme la teta izquierda a mamar. Lamí su pezón y su areola y luego se la mamé. Sin dejar de follarme, me volvió a restregar las tetas en la cara y después me dio la teta derecha a mamar. Le di un buen repaso. Luego le quité las manos del culo, le agarré las tetas y fui lamiendo y mamando de una a la otra, al tiempo que se las magreaba.

Poco más tarde comenzó a mover el culo de atrás hacia delante y de delante hacia atrás cada vez más aprisa y sus gemidos fueron cada vez más intensos.

-Me voy a correr.

Dejé de mamarle las tetas y mis manos volvieron a su culo.

-Mírame a los ojos cuando te corras.

-¿Para qué? -le metí la mitad del dedo medio dentro del culo- ¡Ay que me corro!

No me miró para los ojos porque al correrse se derrumbó sobre mí como si fuera un saco de patatas.

Al acabar de correrse, cuando se iba a quitar de encima, le dije:

-Ponme el coño en la boca.

No se molestó en preguntar el por qué, me puso el coño en la boca, se lo lamí y luego le dije:

-Ahora ponme el ojete a tiro.

-¿Qué guarrería me vas a hacer?

-La misma que te he hecho en el coño.

No solo me puso el culo a tiro, sino que separó las nalgas con las dos manos para que hiciera con más facilidad lo que le había dicho. Le lamí y le follé el ojete con la lengua. Luego de quitarse de encima, me dijo:

-Cochino, te veo la idea, tú lo que persigues es metérmela en el culo.

-Me gustaría, pero tienes el culo virgen y necesitaría manteca para no hacerte año.

-¿Y no vale otra cosa?

-Aceite también valdría.

-Será por aceite…

Mi tía ya se había tirado al monte con todo el equipo.

Salió de la cama y regresó a ella con una botella de aceite, que dejó sobre la mesilla de noche.

-Ponte a cuatro patas.

Se puso.

-A cuatro patas me tienes.

Le eché la mano al aceite y embadurné la mano, el ojete, la polla y hasta embadurné los huevos, después me arrodillé detrás de ella, le separé las piernas y lentamente le metí el glande, glande que había entrado igual de apretado de lo que le había entrado en el coño. Tiempo más tarde, magreando sus tetas con mis manos oleadas y metiendo y sacando el glande, me dijo:

-Me voy a correr como un perra.

Mi tía echó su gordas nalgas hacia atrás y metiendo hasta el fondo comenzó a correrse.

-¡Me corro, me corro, me corro!

Se volvió a derrumbar y yo le saqué la polla para que no me la rompiera. .

Esperé a que dejara de convulsionarse y de gemir y luego se la metí en el coño. Le di a mazo desde el principio para correrme yo, pero mi tía me dijo:

-¡Quítala, quítala!

Pensé que le estaba haciendo daño y se la quité. Mi tía se puso boca arriba, se sentó, me limpió la polla con la sábana, se volvió a echar, flexionó las rodillas, se abrió de piernas y me dijo:

-Rómpeme el coño.

No me lo tuvo que decir dos veces. Me eché encima de ella, apoyé las manos en la cama, se la clavé hasta las trancas y le di como si me debiera dinero, como si no hubiera mañana, le di a romper y con saña. Gemía como una loca, pero no creí que se fuera a correr. Estaba equivocado, se comenzó a correr cuando me corrí yo. Quise quitarla, pero me echó las manos al culo y me apretó contra ella con tanta fuerza que toda la leche de mi corrida acabó dentro de su coño.

Pude ver su cara mientras se corría y fue una maravilla verla con sus ojos en blanco y con su cara extasiada.

Mentirá si dijese que no fue uno de los mejores polvos que eché en toda mi vida.

Al acabar de corrernos, y sin quitarle la polla del coño, le dije:

-¿Por qué te has arriesgado a quedar preñada?

-No me arriesgué. Quiero tener un hijo y estabilidad monetaria, y lo segundo mi futuro marido sé que me lo puede dar, pero lo primero…

-¡Me has usado!

-Y te quiero usar de nuevo. ¿Quieres correrte otra vez dentro de mí?

-Eso ya es otra cosa, sabiendo que están usando a uno, la cosa cambia.

Tres veces más me corrí dentro de mi tía, y no, no os voy a decir si la dejé preñada, lo que sí os diré es que se casó con el viejo.