Soy un marido normal, casado, con dos críos correteando por casa. Feliz con mi mujer, joder, la quiero con locura. Pero siempre le suelto bromas guarrias sobre montar un trío con otra tía buena. Le nombro a sus amigas más cachondas, esas que están para comérselas y que a ella le caen de puta madre. «Imagínate con Laura, amor, o con esa Marta que tiene un culo que te mueres». Y ella siempre me sale con evasivas, riéndose pero cortándome en seco: «A mí las tías no me van, cielo. Ni de coña».
Hasta me cuenta que el olor de su propio coño le da asquito cuando lo huele en mi cara después de que se la coma yo a lengua llena. «Igual que tú no te chuparías una polla, ¿verdad?». Y yo me río, pero por dentro se me pone dura solo de pensarlo.
Hasta que un día nos escapamos a un hotelito coquetón en Cádiz, solos los dos, para follar como animales sin niños de por medio. Estamos en el bar del hotel, tomándonos una copa, cuando aparece ella. Una mujer preciosa, alta, morena, con un vestido que se le marca todo. Se acerca directa a nuestra mesa, sonríe... y joder, mi mujer le devuelve la sonrisa como si se conocieran de toda la vida. O como si hubieran quedado. No digo ni mu. Terminamos las copas, mi mujer paga sin pedir opinión y nos dice: «Vamos a la habitación, cariño».Subimos. Cerramos la puerta. Y de repente se miran, se acercan... y empiezan a besarse como si llevaran años deseándolo.
Lenguas dentro, manos por todos lados. Me dicen, las dos a la vez: «Siéntate en la butaca, pórtate bien y mira». Me quedo ahí, con la polla ya dura como una piedra, palpitando contra el pantalón, avergonzado como un maricón pero excitado hasta doler.Las veo devorarse. Se acarician los pechos por encima de la ropa, gimiendo bajito.
La desconocida le baja el vestido a mi mujer, le saca esas tetas perfectas que yo adoro, las chupa, las muerde. Mi mujer jadea, me mira de reojo con una sonrisa cruel y cariñosa a la vez. Luego la otra la desnuda del todo, la tumba en la cama y se pone entre sus piernas.
Le abre el coño con los dedos, huele fuerte a hembra excitada, a sudor del día, a ese olor que mi mujer dice que le repugnea... y se lo come entero. Lengua plana, chupando el clítoris, metiendo dedos, haciendo plop plop húmedo cada vez que los saca llenos de jugos.Mi mujer gime como una puta, arquea la espalda, me mira y me guiña un ojo. Con un gesto de la mano me llama: «Ven, cornudo mío».Me acerco temblando.
Empiezo besándola en la boca, saboreando su saliva mezclada con la excitación. Le doy las gracias como un perrito agradecido: «Gracias, amor, gracias por esto». Bajo a sus tetas, las lamo, las muerdo suave mientras ella acaricia mi cabeza. Luego bajo más, al coño que ya chorrea.
Me junto con la lengua de la desconocida, lamiendo las dos a la vez los labios hinchados, el clítoris duro, metiendo la lengua dentro donde ya hay dedos ajenos. Sabe a coño caliente, salado, espeso, ese olor fuerte que inunda la habitación y me hace sentir sucio, humillado, feliz.Miro hacia arriba, a los ojos de mi mujer, y le susurro entre lametones: «Gracias por cumplir mi sueño, amor... nunca pensé que...».Y justo en ese momento, la desconocida se pone de pie delante de mí. Se baja las braguitas despacio, sonriendo con mala leche. Y saca un pollón enorme, grueso, venoso, ya duro y goteando precum en la punta. Me mira fijamente mientras se lo acaricia una vez, como diciendo «ahora te toca a ti, putita».Me quedo congelado, con la cara llena de los jugos de mi mujer, la polla latiéndome en los pantalones, sintiéndome el cornudo más avergonzado y excitado del mundo. Mi mujer se ríe bajito, me acaricia el pelo y me susurra al oído: «Ahora vas a cumplir el mío también, mi maricón precioso... ».
Me quedo ahí arrodillado, con la cara pringosa de los jugos de mi mujer, mirando ese pollón enorme que me apunta directo a la boca. Es grueso, venoso, con la cabeza hinchada y brillando de precum que chorrea lento.
CAPITULO 2
Huele fuerte a macho, a sudor de cojones, a sexo sin duchar. Me da un vuelco el estómago. «No, joder, no... yo no soy maricón», pienso. Quiero apartarme, pero mi mujer me coge del pelo con cariño cruel y me pega más a él.«Venga, mi putita, no seas tímido ahora», me susurra ella al oído, voz ronca de excitación. «Tú siempre querías un trío... pues aquí lo tienes. Abre la boca, cornudo mío».La otra, la de la polla dura, se ríe bajito y me acaricia la mejilla con la punta. Me mancha la cara de babas calientes, resbalosas. «Mira qué bonito, tu mujer te ha preparado el terreno. Tiene el coño chorreando por verte mamar polla por primera vez».Me repugna. Me da asco. Quiero decir que no, que esto no era el trato... pero mi polla traidora está latiendo como loca dentro del pantalón, dura hasta doler. Me avergüenzo como nunca, siento la cara ardiendo, pero no puedo parar de mirar esa verga goteando delante de mis narices.Mi mujer me besa el cuello, me muerde la oreja. «Hazlo por mí, amor. Quiero verte tragándotela toda. Quiero verte convertido en mi zorrita». Su mano baja a mi entrepierna, me aprieta la polla por encima de la tela. «Mira cómo te pone, cabrón. Estás empapado de precum tú también».La otra me coge la nuca y empuja suave pero firme. La punta me roza los labios. Sabe salado, espeso. «Abre, maricón. O te la meto yo».Cedo. Abro la boca temblando. Me entra despacio, llenándome entero. Siento el calor, el grosor estirándome los labios, la vena palpitando contra mi lengua. Gimo ahogado, humillado hasta el alma. Lágrimas de vergüenza me pican en los ojos. Pero mi mujer me acaricia el pelo, me dice cosas sucias y dulces a la vez: «Así, mi vida, chúpala rico... qué guapo estás con la boca llena de polla».Empiezan a moverme la cabeza entre las dos. Una me folla la boca con ritmo lento, profundo, haciendo plop húmedo cada vez que sale cubierta de mis babas. La otra me besa, me mete lengua, me dice lo puta que soy, lo cornudo que siempre he sido sin saberlo.Me fuerzan. Me convencen. Me rompen.Y yo me corro en los pantalones sin que nadie me toque, solo de la vergüenza y del placer sucio de sentirme su zorra. Chorros calientes empapándome los calzoncillos mientras esa polla me llega al fondo de la garganta.Mi mujer se ríe contra mi boca, me limpia una lágrima con el dedo y se lo chupa. «Esto solo es el principio».
Me quedo ahí, de rodillas, con la boca llena de esa polla ajena palpitando contra mi lengua, las babas chorreándome por la barbilla mezcladas con mis lágrimas de pura vergüenza. Acabo de correrme en los calzoncillos como un adolescente, chorros calientes y pegajosos empapándome los huevos, y ellas dos se ríen bajito, mirándome como a un perrito que ha hecho pis en la alfombra.La desconocida me saca la verga de la boca con un plop húmedo y sonoro, un hilo largo de saliva me cuelga del labio hasta la punta de su pollón. Me lo restriega por la cara, me pinta las mejillas de babas y precum como si me estuviera marcando. «Mira qué zorrita tan obediente tienes, preciosa», le dice a mi mujer mientras me agarra los huevos por encima del pantalón empapado. «Se ha corrido solo con mamármela un rato».Mi mujer se arrodilla a mi lado, me besa con lengua profunda, saboreando la polla que acabo de chupar. «Sí, mi cornudo precioso... mi putita favorita». Me baja la cremallera despacio, saca mi polla flácida y pringosa de semen propio, la acaricia con ternura mientras se ríe. «Mira cómo ha chorreado el cabrón. Sin tocarse».Yo quiero esconderme, quiero desaparecer de la vergüenza. Me arde la cara, siento los huevos vacíos y sensibles, pero mi polla traicionera empieza a endurecerse otra vez en su mano. No entiendo nada. Me repugna lo que acabo de hacer y a la vez quiero más.La otra se tumba en la cama, abre las piernas y se acaricia ese pollón enorme hacia arriba. «Ven aquí, maricón. Ahora vas a sentarte encima como una buena hembra».Yo niego con la cabeza, temblando. «No... por favor... eso no...». La voz me sale rota, ridícula.Mi mujer me coge de la nuca otra vez, me empuja suave hacia la cama. «Shhh, cariño. Sí lo vas a hacer. Por mí. Porque yo quiero verte con el culo lleno de polla de verdad». Me quita los pantalones y los calzoncillos manchados, me deja en pelotas delante de ella. Me escupe en el agujero con dos dedos, me lo abre sin prisa, metiéndome saliva caliente. «Relájate, mi vida. Vas a sentirte tan lleno... tan puta...».Entre las dos me levantan, me colocan a horcajadas encima de esa tía. La punta de la polla me roza el culo, caliente, resbaladiza de mis babas. Quiero gritar que no, pero mi mujer me tapa la boca con un beso y me baja despacio, despacio, hasta que la cabeza me abre el ojete de golpe.Me duele. Me quema. Gimo como una perra contra su boca. Pero ella me susurra: «Respira, mi putita... déjate follar». Y me baja más, centímetro a centímetro, hasta que siento esos cojones peludos contra los míos.Estoy empalado. Lleno hasta el fondo. La polla me late dentro, me roza algo que me hace ver estrellas. Me avergüenzo tanto que lloro de verdad, pero mi polla está dura otra vez, goteando contra el belly de la desconocida.Empiezan a moverme entre las dos. Mi mujer detrás, empujándome el culo hacia abajo. La otra levantando las caderas, follándome profundo, haciendo sonidos húmedos y obscenos cada vez que entra y sale. Plop, plop, plop.«Mírate, cornudo mío», me dice mi mujer al oído mientras me muerde el lóbulo. «Con el culo abierto como una puta en celo. Te encanta, ¿verdad? Di que te encanta».Y yo, entre gemidos ahogados, con la voz rota de placer y vergüenza, lo admito: «Sí... joder, sí... me encanta».La desconocida acelera, me folla más fuerte, los huevos me azotan el culo. Mi mujer me pajea la polla al mismo ritmo, me besa el cuello, me dice cosas sucias y dulces: «Córrete otra vez para mí, mi maricón precioso. Quiero verte correrte con la polla metida hasta los huevos».Y me corro. Otra vez. Chorros débiles pero intensos salpicando su barriga mientras siento cómo esa polla se hincha dentro de mí y explota. Caliente, espesa, me inunda el culo de corrida ajena, chorro tras chorro, hasta que me chorrea por los muslos.Me dejan caer sobre ella, temblando, destrozado, feliz como nunca.Mi mujer se tumba a mi lado, me abraza fuerte, me besa la frente llena de sudor. Me mete un dedo en el culo abierto, revuelve la corrida dentro y me lo ofrece a la boca. Lo chupo obediente, saboreando semen de macho mezclado con mi propia vergüenza.«Te quiero tanto, mi putita perfecta», me susurra. «Esto es solo el principio de lo cornudo que vas a ser para mí».Y yo, con el culo chorreando semen y el corazón latiendo como loco, le sonrío entre lágrimas.«Te quiero, mi amor».